El cartel

Livia de Andrés

Corredor

Me encontraba esperando y paseando por un inhóspito pasillo, antesala de lo que me habían prometido iba a ser una prueba sencilla y rutinaria. Un examen tan sencillo, que podía llevarse a cabo encima de una camilla y en cinco minutos, si no fuese porque el protocolo del centro hospitalario exigía que se llevase a cabo en un quirófano.

Meterse en un quirófano no le hace gracia a nadie, sin embargo, armada por infinita paciencia y resignación, yo paseaba  por aquel desolado corredor a la espera de que alguien se dignase aparecer y me sacase aquello de encima, de una vez, para poder marcharme cuanto antes.

Sumida en mis pensamientos y contando las espantosas baldosas del suelo, acerqué la nariz a una cartelillo que se encontraba justo a la entrada de la puerta del quirófano.

La primera frase rezaba de esta manera:

  • Mantenga la calma.

Sencillamente, me pareció una frase…

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Después de la tempestad

Livia de Andrés

Soledad

Estoy sentada en la mesa de madera frente a mi ventana. Veo cómo el océano se torna de un gris oscuro que anuncia tormenta. Me duele todo el cuerpo. No ha sido un día fácil y regresar a casa tampoco lo es.

Me voy a la nevera, la luz blanca me da en los ojos como un faro en mitad de la niebla, saco una lata de cerveza fría. La miro y me pregunto por qué tengo las cervezas en la nevera con el frío que hace en la calle. Enciendo la calefacción. Mi mente deja de pensar en la temperatura de la lata que tengo en las manos para regresar al dolor del pasado, invisible para el mundo, pero supurando lentamente en imágenes de lo ocurrido que se incrustan en mi mente cuando menos las espero.

La ayuda ha desaparecido sin previo aviso y un manto negro de silencio…

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Crimen y castigo

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Imposible cenar contigo si no fotografiabas el plato que ibas a comer.

Un recuerdo de nuestra cena, pensaba yo entonces… hasta que lo ponías en Facebook.

Tristes eran los postres cuando observabas desolado que tenías un solitario “me gusta”. No se puede vivir para los “me gustas” de Facebook. Suele convertirse en algo trágico.

Sin embargo, los bogavantes te salían de unos colores fantásticos, he de reconocerlo. Claro que no podía ser de otra manera, porque si no te habías comprado el último iPhone que estaba a la venta no te atrevías a sacarlo del bolsillo. A ver si el camarero iba a pensar que no te lo podías permitir.

Cuando me decías que habías adelgazado unos treinta kilos porque habías pagado uno de los mejores hoteles expertos en adelgazamiento, de esos que preparan tu cuerpo con comidas regulares, paseos a ciertas horas y tiempo para la meditación, la verdad es que no mentías del todo. Me han dicho que la cárcel donde estuviste, tenía estas prestaciones.

Desde luego, a ti te había dado un aspecto bastante mejor. El que te hubiesen prohibido el alcohol y no te dejaran tomar hamburguesas a altas horas de la noche mientras veías, embelesado, películas de matones y mafiosos, a los que emulabas por las mañanas inventando alguna estafa por Internet… ¿Cómo llamabas tú a eso…? !Ah, sí, ya recuerdo! Ser empresario. En cierta manera tenías razón, creo que Vito Corleone tenía negocios parecidos y Tony Soprano también, sólo que él era mucho más simpático.

Siento haberte cortado el grifo de “emprendedor”, es todo un desperdicio, lo sé. Pero me enfadaba que dejases a tantas familias en la calle con tus estafas y cuando me enteré… En fin, siempre he sido mala para los “negocios”, hasta tú me lo decías.

Ahora con los treinta kilos otra vez a cuestas, y la poli pisándote los talones, se ha vuelto más difícil lo de los viajes, el champán y los spas.

Tu error fue pensar que las rubias éramos todas tontas.

Ahora el bogavante me lo voy a tomar yo, pero no voy a sacarle fotos, no vaya a ser que no me pongan un “me gusta” en Facebook y pase mala tarde.

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La intrusa

Livia de Andrés

El verano se acerca y empieza mi obsesión porque ningún ser vivo, excepto yo y mis visitas, entren en mi piso.

Ayer por la tarde, después de una larga jornada, me tumbé en el sofá dispuesta a leer tranquilamente arrullada por el sonido de la nada, esto es, en un silencio absoluto.

No había ni leído media página del libro que tenía entre mis manos, cuando algo me obligó a alzar la mirada. Empezaba la temporada de verano: un mosca.

Intenté pasar del asunto convenciéndome de que igual que había entrado por la ventana entreabierta, sabría encontrar la salida.

Procuré retomar mi lectura, pero no pude. Como ya sabréis por otra de mis entradas, en cierta ocasión quise reservar habitación en el hotel cinco estrellas que tengo enfrente de mi casa, porque una abeja se empeñó en pasar la tarde en mi salón.

La mosca de ayer era muy rara…

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El mitin

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Ayer presencié como un periodista, que se había desplazado desde la capital para cubrir un mitin político celebrado en Galicia, era fustigado por el tortuoso carácter gallego.

El pobre desdichado, gran periodista y muy valiente, se acercaba al público allí reunido, durante los momentos previos al mitin, preguntando a los presentes en el recinto, gratamente camuflados por sus mascarillas, sobre su intención de voto ¡Pero hombre de Dios! ¡Eso en Galicia es un suicidio! ¡No sabes a qué te expones! Eso es información clasificada, no la tiene ni Tezanos.

¿Cómo se te ocurre preguntar a un gallego qué va a votar? En esta tierra no te dicen ni la hora porque creen que tiene consecuencias.

El periodista, en su ingenuidad, se empeñaba en conseguir una respuesta que jamás iba a llegar. Venía con la mente de Madrid, abierta, dónde la gente te responde. Allí, te vas a cubrir un mitin y preguntas directamente. Aquí, era como ver a alguien dar vueltas al mismo árbol, al principio lo coges con fuerza pero, después de una hora, empiezas a pensar por qué has tenido que ir al bosque. Y es que cuanto más se esforzaba en darle ritmo a su entrevista y más le insistía al cámara que lo siguiese entre las filas de asientos de los probables votantes, que allí se encontraban, porque simpatizaban con su color político, más dificultades encontraba en hallar respuestas.

Aunque les hubiese preguntado por el número de zapato que calzaban pistola en mano, no lo hubiese logrado.

En Galicia, si te pierdes y preguntas si giras a la derecha o la izquierda, te vas a encontrar con otra pregunta del tipo: “¿Y usted por qué lo quiere saber?” Es inútil. Lo más práctico es que te lances hacia un lado o hacia el otro y reces para no terminar al borde de un acantilado o dando vueltas a la misma roseta.

Ir a un mitin y preguntar la intención de voto en Galicia es un suicidio, pero el periodista no terminaba de pillarlo, aunque los signos del público eran claros, sólo que hay que saber traducir las señales que emiten los gallegos, como las de tráfico: “Gire aquí y ya veremos donde acaba”. Hasta la señal es todo un misterio.

Ya no digamos tener la osadía de acercarte a alguien antes de un acto de este tipo, sentado en su butaca, pertrechado con una mascarilla e incluso con gafas en un recinto cerrado, a la espera de que salga su líder político. Cuando te diriges al sujeto en cuestión, que inclina su cuerpo hacia una pared vacía para dejar de mirar al escenario, es que no te va a contestar. No es que no te vaya a contestar a: “¿Tú a qué partido votas?” Es que no te va a soltar ni lo que comió ese día, no vaya ser que saques conclusiones.

Ya lo he mencionado muchas veces, en Galicia, todo depende y también he dicho que por mucho que tortures a un gallego, aunque vengan los mismísmos nazis, como le pasó a Manolo, no vas a obtener respuesta.

  • ¿Qué va a votar usted, señor?
  • Ay, pues no sé, a ver, ya se verá…
  • Pero usted ha venido a este mitin del partido X, por algo será ¿está interesado…?
  • Venir vine… ¿y usted quién es?
  • Soy X periodista de X medio y quería saber su opinión sobre cómo están las cosas en Galicia. Algo opinará…
  • Ay, sí, sí opiniones tengo muchas… ¿Y usted quien viene siendo?
  • Bueno, ¿sabe usted si aquí cerca hay alguna cafetería para tomar algo?
  • Haber habrá…supongo. Yo no le sé decir…

Los gallegos están muy entrenados, entrenados de tal modo que, aunque los tortures, no les sacas nada. Interpreta y vete. Si están en un acto político para escuchar a alguien, es que, probablemente lo van a votar. Lo mejor es que escribas… “Ayer, en Galicia hubo gran afluencia de público en el mitin de X” y el resto, te lo inventas. Si hoy en día eso de contrastar la información es algo “osoleto”, que diría un paisano mío. Tú dices, hoy han muerto X personas de Covid 19 y si resulta que aparecen más, sonríes y dices que hubo un accidente de tráfico que se llevó por delante a 15.000, aunque no haya coches en las carreteras. Pero si no pasa nada, hombre, tú escribe algo y ya está, pero no vengas por aquí poniendo a la gente en aprietos sobre lo que van a votar.

Por cierto, dicen por ahí, que nuestro frustrado periodista y el cámara que lo acompañaba, siguen dando vueltas a una roseta de la provincia de Pontevedra. Se van a quedar unos días, hasta que se recuperen. Ambos opinan que aún no saben cómo escribir el artículo sobre el mitin, pero que hace más fresquito que en Madrid. Y es que, quieras o no, Galicia engancha.

 

Encuentros en la Tercera Fase

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La felicidad inunda las calles.

No dejo de oír mensajes que parecen sacados de un prospecto propagandístico de mala calidad: “Ya pueden salir”. Eso sí, las capas de la cebolla, se las van sacando según les digamos.

La nueva realidad es muy incómoda y se aleja mucho de la realidad, parece una película mal dirigida, en la que el director en vez de pagar a sus actores, los domina a base de adrenalina. “Ahora toca que tengáis miedo y que os quedéis quietos” “Ahora ya podéis tener menos miedo, pero cuidado porque en cualquier momento os digo que tengáis miedo y os vuelvo a encerrar”. Una mierda, con perdón.

El Covid está previsto que regrese el día 6 de octubre a las cuatro y cuarto. ¿Pero de qué van? Nos tratan como si todos fuésemos tontos. Lo que ocultan es que ya hay sitio en las UCIS, para que pase la siguiente ronda.

Nos hallamos en la nueva normalidad. No sé quién acuña los términos pero, lo que sí sé, es que es un analfabeto.

Yo no sé ustedes pero, a mí, toda esta situación me parece todo, menos normal.

Si hace unos cuantos meses, les dicen que tienen que salir a la calle con un “bozal” en la cara, un bozal no sólo físico, sino también un bozal mental que les suprime el derecho a poder expresarse libremente ¿Qué hubieran pensado? ¿Qué es normal?

En esta nueva realidad virtual debemos guardar una distancia de dos metros entre personas, pero se puede volver a los bares. Parece ser, pues, que si te agarras con fuerza al vaso de cerveza, el virus se da la vuelta y se larga. Es todo muy lógico y sensato. Está muy bien pensado.

Te vas de vacaciones. Te miran la temperatura y, si en ese momento, te sobra la chaqueta y tienes más calor del habitual, te confinan en el hotel. En todo caso, varías y no tienes que ver la pared de tu casa. Personalmente, cuando quiero que me miren la temperatura, no me subo a un avión, me voy al médico, o mejor, me la miro en casa ¿Es que es divertido que te obliguen a lavarte las manos con geles pringosos cada vez que sales de una piscina? ¿Es divertido que el mero hecho de llevarte una patata frita a la boca sea un acto de alto riesgo? Ahora resulta que el parapente resulta más seguro.

Pero la gente ya está tranquila porque el Estado les ha dicho que se puede, sí se puede, y ya se sabe que si hay permiso… Además, si se muere alguien, sale Simón con estudiado despeinado a tranquilizar al personal diciendo, “es que tenía patologías previas”, con lo cual, no tranquiliza a casi nadie.

Después, está lo del permiso de circulación. La gente que conducía ya lo hacía mal, con falta de ética y educación, pero el problema es que tampoco saben circular por la calle, caminar sin tropezar. Siguen creyendo que si te adelantan por el lado que no toca y te empujan, llegan antes. Son todo, menos hábiles.

Existe también ese porcentaje tan alto de población que tiene mascota. Esos no llevan mascarillas. Imagino que el virus teme a todo lo que tenga pelo, porque sus dueños no la llevan, están exentos. Se han quedado en la primera fase. “Los que tengan mascota, la pueden pasear”. Y la pasean, no llevan mascarilla, la mascota lleva todo tipo de virus en las patas, huele todo lo que le viene en gana, que es lo que haría yo si fuera mascota porque no habría tenido que aguantar el discurso en rulo de Simón. Y el “high peak” o punto álgido del paseo es cuando recogen los excrementos del animalito. Esto sí ha mejorado porque cuando estábamos confinados, todo el mundo pasó de la bolsita. Si nadie te vigila, ya se sabe.

Está todo muy bien pensado y es muy cómodo además, te lavas las manos, limpias las superficies, lavas la compra, tiras la ropa a la lavadora cada vez que sales, gastas cinco euros en cada mascarilla, la gente se va quedando con menos opciones laborales, pero reina el silencio… un silencio que a mí me resulta atronador: el del rebaño resignado. Todos los borregos esperan a la siguiente orden… “A ver qué nos dejan hacer”, “Creo que si vas a comprar ropa tienes que hacer una cola de dos horas…”Anda, no lo sabía, voy a ir a ver cómo es la cola”. Claro que sí, es lo más apetecible, esperar tras otra persona con el bozal puesto, que te miren la temperatura y vigilar que nadie tosa a tu alrededor.

Claro que siempre quedan otras opciones para vivir de forma más relajada, como la gente que se cree inmune. Se pasean con una media sonrisa y sin mascarilla: Yosoyrebelde.com Y, además, me han dicho que hasta octubre el virus ha pillado una depresión y no va a levantar cabeza. Y te pasan rozando o escupiéndole al móvil. Se ahorran comprar mascarillas y están más cómodos. El problema lo tienes tú, que eres tonto y te la pones, ellos no desde luego.

Personalmente, no quiero sucedáneos de lo normal, no me gustan, quiero lo normal, lo de antes, lo de siempre.

No quiero fases, ni desescaladas, ni que me digan que hoy se puede pasear media hora pero, sólo si vas corriendo, si paseas, castigado en casa. No me gusta vivir en una realidad virtual, quiero la realidad de siempre, que ya tenía suficientes fases y suficientes dificultades. Quiero que la gente piense por su cuenta, reflexione, no se aturda porque la “dejen” salir, en cuanto ponen un pie en la calle dejan de pensar, gente entretenida por un trabajo que ahora resultará el doble de difícil de desempeñar.

Ya he visto “Encuentros en la Tercera Fase” y estuvo bien, pero cuando terminaba la película, podía salir del cine.

 

Las cuadrículas

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oooooooooooooooo

Puede que esté perdiendo la cabeza por el cúmulo de sandeces que llevo escuchando día tras día, pero creo haber entendido que van a marcar las playas con cuadrículas para mayor seguridad de los arrojados que vayan cuando volvamos a “la nueva normalidad”. Aquí me pierdo, si es nueva ¿cómo puede se puede volver? Lo dejo ahí.

Van a “encerrar” a la gente que vaya a la playa dentro de una marca cuadrada de arena para después obligarlos a caminar en fila por un pasillo dibujado en la arena que los conducirá hasta el mar.

Qué bonito, de verdad, qué bonito. El calor, las filas, los cuadraditos que nadie va a desdibujar.

¿Y al llegar al mar? ¿Cómo se supone que deben comportarse los presos de esos barrotes invisibles? Quizá en el agua marquen su territorio rodeándose de pececillos, o con algas, qué idea tan magnífica aunque, personalmente, optaría por defenderme de la jauría de bañistas hambrientos de sol, sal y mar con un cangrejo o mejor, centolla en mano, que impresiona más.

Y a la salida sin que nadie haya osado tocarte o salpicarte o escupirte, lo cual es muy común mientras intentas nadar, te pones en fila en el pasillo de arena asignado para tales fines y regresas a tu cuadrado de arena.

Qué gozada debe de ser eso, qué relax para el cuerpo y para el espíritu. Los barrotes serán imaginarios, ningún niño se atreverá a saltarse la marca de arena, no habrá disputas por obtener uno de los cuadraditos en las que, seguro, te escupirá alguien, porque cuando te acaloras, ya se sabe, ¿o quizá será mejor tomar el sol con mascarilla? Qué marca tan bonita en la cara, sobre todo qué original y qué relajados van a estar: Cuadrados en la arena, pasillos hasta el mar y, una vez en el agua, vuelta a la lucha para defender tu territorio.

En fin, lo que sí aconsejo es que no suelten la centolla, por si acaso.

 

Mi vecina y su estado de alarma

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Hoy me ha despertado la vecina del primero que le ha dado por poner la música a tope y empezar a dar gritos, imaginando que su voz cuadraba con alguno de los acordes que sonaban en su piso.

Ayer, también me tropecé con ella cuando yo bajaba la basura y, al abrir el ascensor, salía con su perro, un antes cachorrillo en perfecto estado, que pasadas dos semanas de vivir con ella y su pareja, se ha quedado con las dos patas delanteras rotas y se ha pasado un año en el apartamento, gimiendo de dolor, con las patas metidas en no sé qué aparato. Por lo menos, desde que ha empezado el confinamiento no está solo y sale a la calle, ya que antes no lo hacía.

Mi vecina está ofendida porque un día, después de haberle prestado mi secador y varios utensilios de cocina cuando se trasladó con su novio a vivir abajo, se me ocurrió preguntarle por qué motivo su perro lloraba tanto. Eso bastó para que dejara de saludarme. Ahora cuando se cruza conmigo sonríe mucho, como los que defienden causas de las que saben que son culpables y le habla sólo al perro. Quizá piense que le va a contestar.

Que no me salude, sólo demuestra su falta total de educación, aunque, a estas alturas, esto ya no es ninguna sorpresa. No se da cuenta de que si vas a la casa de una desconocida cada cinco minutos y le pides lo que te place, tienes que saludarla cuando te cruces con ella. Además, no alcanzo a comprender por qué las personas que tienen mascotas, a las que generalmente sólo utilizan para entablar conversación con otro ser humano, suelen estar siempre ofendidas por algo.

Me molesta su hipocresía. En primer lugar, sus palabras, nada más adoptar al pobre perro fueron: “Si te molesta, por favor, dímelo”. Uno de mis problemas es que yo me creo lo que dice la gente, en un primer momento.

Sé, además, que maltrata a su perro, porque lo he visto. Sin embargo, cuando se cruza conmigo u otro vecino, en otras palabras, cuando hay testigos, su tono cambia considerablemente y pasa a tal fase de amor infinito a su mascota, que la mira entre desconcertado e histérico.

Cuando mi vecina se trasladó aquí, me pareció una chica maja y normal, pero ahora hasta el acento le ha cambiado. Intenta emitir sonidos estilo Tamará Falcó, lo intenta. La mezcla entre maltratadora y el acentillo nos tiene al perro y a mí desconcertados. Él le tiene pánico, salta, grita y se tira encima de cualquier persona que crea que lo puede ayudar. Yo a ella le tengo manía.

Por otra parte, ella y su pareja, se pasean sin guantes, sin mascarillas, como si el estado de atrincheramiento, no fuera con ellos. Toman vermuts con la ventana abierta, ponen música y salen unas diez veces al día con el pretexto de pasear al perro. Están satisfechos y contentos. Es como para estarlo, cuando la gente se muere, porque siguen muriéndose y mañana, cuando los suelten a las calles a jugar a la ruleta rusa, van a morir más.

Sin embargo, mis vecinos están felices porque creen que con ellos no va el asunto, ni la pandemia, ni la economía, ni nada. Ellos bailan, comen y pasean al perro “sin bolsita”. Ya se sabe que, para algunas personas la falta de gente en la calle significa que las normas habituales de limpieza desaparecen también.

Y hoy a las ocho mis vecinos saldrán a aplaudir, pero no porque sientan ningún tipo de empatía por los sanitarios, no la sienten ni por su perro. Es para que los vean. Mi única esperanza es que a ella no se le ocurra soltar un: “¡Jo, qué fuerte!”.

Mientras, seguiré aguantando su música, sus berridos, oiré llorar al perro para, después, verla a ella con esa sonrisa que se le ha quedado clavada en la cara desde que está de “vacaciones”.

Premonición

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Cuando te pasa una ola por encima poco puedes hacer más que esperar a que pase. Si tienes suerte sólo te quedan unos arañazos en la piel por haberte arrastrado y restregado por la arena del fondo. Después, te escupe hacia la superficie, como digo, si tienes suerte. La ola nos está pasando por encima y no es que vaya a tardar en pasar, sino que unas veces golpeará con más fuerza y otras con menos, se hará más grande o más pequeña, pero no volveremos a pisar tierra.

La gente espera impaciente al pistoletazo de salida para “recuperar su rutina” pero, el que sostiene la pistola dispara sin sentido y sin apuntar. Por eso no acierta.

Hoy he estado reflexionando sobre la estulticia del ser humano, incluida la mía. Es como el que no echa de menos jugar al tenis hasta que se lo prohíbe el médico, aunque no haya tocado una raqueta en su vida. Yo no echo de menos el tenis, pero hoy sí me he acordado del verano pasado, cuando me quejaba, antes de ir a la playa porque, a la vuelta, tenía que lavar la toalla y el bikini en la lavadora, me parecía muy molesto llegar llena de arena y sal. Lo mismo me ocurre cuando pienso en la pereza que me daba ir a hacer ejercicio al paseo marítimo que tengo frente a mi casa. Recuerdo que cuando cedía y me dejaba llevar por un libro o una serie, mientras disfrutaba de la comodidad de mi sofá, sufría unos remordimientos terribles. Sin embargo, también recuerdo que, a la vez, experimentaba una especie de premonición. Una vocecilla en mi mente que me susurraba: “Llegarán tiempos en los que te arrepentirás de no salir hoy a la calle”. Confieso que, a veces, hasta sentía miedo de pensarlo, por si alguien me oía. Pues me han oído.

Y ahora miro anhelante el mar desde mi ventana. Mi vida se ha convertido en una rutina mezcla de desinfección y desconfianza interminable.

Cierto es que, antes de que todo esto del virus se instalara entre nosotros, ya era consciente de que había idiotas. A ver, idiotas siempre los ha habido, pero nunca como los de ahora. No, esos son especiales porque llevan años entrenándose y han llegado a un grado muy alto, qué digo grado, a un doctorado en estupidez. Antes de que el bicho se nos echara encima, terrazas, bares y paseos estaban desbordados por gente gritona, maleducada y, según ellos, con derecho a todo. Gente que sólo iba a su casa a dormir, pero que casi no reconocía el color de su propio sofá y ahora, están desesperados porque el sofá se está vengando.

Solía ver parejas con sus bebés dormidos a su lado mientras ellos bebían hasta altas horas. Es humano errar, pero las hordas que no abandonaban las calles con el menor pretexto, las fiestas día sí, día no, los aviones como latas de sardinas, eso no era humano. Y yo presentía que iba a ocurrir algo y así ha sido.

Lo que siento es que, además de las muchas vidas de gente que aún tenía mucho por vivir, más que nada porque sabían vivir, se nos han echado encima otros virus paralelos de difícil solución.

Ahora ya no tengo premoniciones, más bien certezas: “1984 Orwell”.

Pues eso.

 

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¿Truco o trato?

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Pocos segundos después de llamar al timbre, nos recibió una señora de mirada apagada y rostro seco, aunque agradable. Parecía haber estado llorando.

Su manera de caminar al enseñarnos el piso era lenta, intentando disimular sus ya escasas fuerzas. Avanzaba con dificultosa lentitud apoyándose en los pomos de las puertas, cada vez que abría una de las magníficas estancias de su bien conservada vivienda. Subimos por una gran escalera que conducía a una segunda planta, bien aireada y extensa. Subió despacio. Su respiración en cada uno de los peldaños mostraba fatiga.

Mientras avanzaba por las diversas habitaciones llenas de luz de aquel enorme piso en pleno centro de la ciudad, no podía evitar observar a la pobre anciana de rostro seco y ojos humedecidos.

Me sentía angustiada por aquella situación y por el esfuerzo al que se veía sometida para mostrarnos su piso. Por el contario, mi marido, me daba codazos y sonreía con satisfacción, regocijado al verla y pensar en el precio de ganga que nos había dado aquel hombre de la inmobiliaria. Parecía calcular el tiempo que le quedaría para que nosotros pudiésemos entrar a vivir en aquel fabuloso piso que jamás hubiéramos imaginado poder comprar. No podía evitar mirar a mi marido con odio por su falta sensibilidad ante aquella terrible situación, mientras él intentaba convencerme argumentando sobre lo que mejoraría la calidad de vida de aquella fatigada mujer gracias a la venta de su piso.

_Piénsalo_ me decía susurrando. Tendrá unos noventa y tantos y yo acabo de cumplir sesenta, ja, ja… El año que viene, como máximo, estaremos viviendo aquí. No pongas esa cara.

Cuando por fin salimos del piso, respiré profundamente y eché a andar con lágrimas en los ojos, sintiéndome la persona más infame de la tierra y odiando cada palabra de ánimo que salía de los labios de Luis, que sólo hablaba de números y de tiempo.

Cuando la anciana se quedó a solas, se sentó en el sofá de cuero que tenía junto al balcón, observó el cielo azul durante un instante y levantó el teléfono.

_ ¿Mary? Acaban de marcharse los del piso. Todo muy bien, sí, sí… Lo de la cebolla y el lápiz negro por el borde de los ojos ha funcionado, me salían unos lagrimones más gordos que en el funeral de Paco, parecía que no veía nada por las cataratas. Me he apoyado en las puertas, aunque me parecía demasiado, también ha colado. La mujer estaba a punto de darme el doble por el piso y, de paso, de divorciarse del borde del marido, que no sabe que le llevo tres años y ha estado echando cuentas. Aquí sí que casi lo estropeo todo porque me daba la risa. Gracias por todos tus consejos. Ha sido todo un éxito. En cuanto me saque todo esto de la cara, paso a buscarte en el coche y nos vamos al restaurante de Miguel para celebrar la venta del piso y mi sesenta y tres cumpleaños ¡Esta vez invito yo!

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Mentiras tontas

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Hace un par de años mi amigo Paco empezó a ganar bastante peso. Nadie se atrevía a mencionar este asunto en su presencia. Sin embargo, él entraba cada mañana en la oficina anunciando de forma eufórica y con potente voz que, según su pesa, había bajado dos kilos. Acto seguido, Paco se sentaba en su mesa y no dejaba de refunfuñar por lo mucho que le apretaba el cinturón del pantalón. Al día siguiente, la misma escena ¡Dos kilos! Iba de dos en dos kilos cada día. No se paraba ni a pensar que, con semejante pérdida de peso diaria, habría sido urgente una visita al médico. Ninguno de los allí presentes se explicaba la razón por la que se ponía en evidencia de esa manera cuando la acumulación de grasa de su barriga se hacía cada vez más evidente ¡Dos kilos más! ¡Es fantástico! Nos decía mientras avanzaba con dificultad hacia su ordenador.

De igual manera se alejaba de la realidad aquella peluquera tan sospechosamente acelerada, habladora hasta decir basta, que aseguraba a todos sus clientes que su delgada figura se debía a comer y cenar exclusivamente marisco. Afirmaba que aquel era su vicio y debilidad. Recuerdo que, por aquella época, intenté convencer a mis padres para que me dejasen estudiar peluquería. Me parecía una profesión como pocas, podías conseguir que los pantalones de la talla 34 te quedasen flojos y el sueldo te alcanzaba para pasarte la vida atiborrada a percebes y centollas.

Si las personas que mienten se parasen a pensar sus mentiras, se cansarían mucho, porque pensar cansa un montón, sin embargo los demás no nos divertiríamos tanto.

Manolo era un claro ejemplo de lo mismo. A sus casi noventa años, para marcharse del bar cuando era su turno de pagar otra ronda, se disculpaba diciendo que no quería que su madre estuviese tanto tiempo en casa sola. El resto de los tertulianos lo miraban con horror viéndolo como a una especie de Norman Bates en Psicosis e imaginando su llegada a casa para besar en la mejilla a lo que fuera que tuviese en una mecedora.

Poca imaginación también la de mi vecino Juan que, cada vez que llegaba borracho a su casa, agarrándose a las paredes, aseguraba a su mujer que le había sentado mal la tapa de mejillones.

Y es que hay personas que ni para mentir se molestan en pensar.

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La Teoría de la Relatividad

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Después de un trayecto en metro de unos veinte minutos encontré la casa. Caminé un par de minutos por la nieve y, ansiosa porque me abriesen, llamé al timbre.

Mis amigos alemanes me recibieron amistosos. Les entregué una botella de vino, saludé a todos, me deshice de la ropa de abrigo y entré en la cocina dispuesta a echar una mano.

La primera labor que me encomendaron fue que cortase algo de cebolla. Me dispuse a hacerlo con mi habitual entusiasmo en este tipo de reuniones, mientras charlaba animadamente. Olvidando que a los teutones no les gusta demasiado que se realicen dos tareas al mismo tiempo, charlar y cortar, por si te desconcentras. Pequeño fallo, el cual decidieron pasarme por esta vez.

Me situé al lado de mi amigo Jürgen que cortaba unos “Stein Pilze”, es decir, “Boletus”. Por su gesto austero, deduje que se encontraba en pleno auge de concentración en su labor.

Empuñé el cuchillo.

– Córtalos de cinco milímetros, por favor- dijo con una prudente voz.

Me volví para comprobar si bromeaba. No. No lo parecía. Su cara reflejaba una solemnidad que no admitía dudas.

– ¿Hablaba en serio? ¿No tendría que medirlos?

Miré de reojo hacia lo que los demás se afanaban en hacer y debo decir que ellos estaban picando todo con un mismo tamaño, ¿cómo lo harían? ¿tendrían ya ese gen de fábrica? A mí desde luego ese me faltaba… En realidad, La Teoría de la Relatividad, no tuvo nada que ver con Einstein, nació en mi tierra. En esas frondosas fragas y agitados mares, allí, todo es relativo, depende de muchos factores inherentes a muchos otros, con lo cual nunca se está seguro de nada. Todo es relativo. En el lugar que me vio nacer la cebolla se corta “en trozos relativamente finos”.

Inspiré hondo y empecé a cortar encima de la tabla. No pasaron ni diez segundos… cuando oí a mis espaldas…

– ¡Nein! ¡Nein!

Vale, vale, mis trocitos de cebolla no eran todos iguales, pero su sabor iba a ser el mismo, ¿por qué se ponían así? Miré en busca de algo de apoyo en el grupo, pero mejor hubiera sido no mirar ¡Qué jauría! Me miraban como si hubiese cometido un delito. En vez de una cena entre amigos parecía que había entrado en un correccional.

Fui relegada de mi labor y me alejaron de inmediato de las cebollas.

Cabizbaja, me apoyé en una esquina de la cocina. Uno de mis amigos más cercanos, se apiadó de mí y acudió en mi rescate. Acto seguido, me susurró al oído.

– Anda, acércate y ayudame a condimentar la salsa en la sartén mientras yo me ocupo de abrir el vino. Siempre había podido contar con él. Sonreí y lo acompañé.

Bien, esa labor no podía ser tan difícil, por lo menos mi amigo me sonreía. Comencé a desconfiar de él cuando lo observé abrir la botella con un sacacorchos enorme y complicado, que parecía diseñado por un ingeniero aeronáutico. Mientras él desplegaba toda su destreza manual y hasta creo que intelectual, observé con horror la misma cara. Concentración. Severidad. Sus ojos no se apartaban del corcho, las comisuras de sus labios se apretaban, pero sus manos obraban con mesura. Inspiraba miedo. Desvié la mirada.

– Señor, ¿es que esa manera de cocinar entre amigos era divertida para ellos? ¡Si cocinan en mi país se pegarían un tiro! Somos todo descoordinación para ellos.

Cuando abrió la botella, todos estallaron en una aplauso generalizado, acompañado de algunas onomatopeyas. Sin embargo, sus caras aún reflejaban cierta preocupación por toda aquella responsabilidad en lo de cortar y abrir botellas. Quizá aún estuviesen inquietos por el resultado final de lo que se cocinaba en los fogones.

Aquello, comenzaba a ponerme de mal humor. Era una situación absurda.

Una vez descorchada la botella, mi amigo me ofreció una copa. Después de haber atravesado medio Berlín con el fin de disfrutar de un agradable rato entre amigos, realmente no lo estaba consiguiendo.

– ¡Por fin! – pensé – no me vendrá mal un trago. Alargué mi mano para coger el vaso que me ofrecía.

– ¡Nein! Dijeron todos asustados.

¿Y ahora qué? ¿Es que también ahora había que medir algo?

– ¡Coge la copa por la base para que no quedan marcas de grasa de los dedos y para que suene al brindar!

¡Qué grave! ¡Qué preocupación!, pensé.

– ¡Eso ya lo sé! -grité- ¿Es que no podéis relajaros? ¡Es una cena en una casa y estáis todos descalzos menos yo! ¿Es que os he dicho yo que eso en mi país es mala educación o que a los demás mortales no nos gusta beber Rioja mientras olemos los calcetines de los demás?

Al parecer mis gritos los aplacaron un poco o quizá es que el genio español les iba. No sé, ni me importaba en aquel momento.

Aún más agobiada que antes, opté por acercarme a la olla para ayudar a condimentar, siguiendo las indicaciones que me había marcado mi amigo.

Se cercó a mí y me dijo.

– Échale un gramo de sal, por favor.

Ya estábamos otra vez con aquello de las medidas ¡Ahora necesitaba una pesa!

¡Una pizca! ¡Una pizca se dice en España! No me extraña que, con tantas restricciones, cuando os ponéis a beber en este país acabéis todos desmayados en el suelo! ¡Eso sí que lo teníais que medir!

Cogí el abrigo y mi gorro, salí a la calle que se encontraba cubierta de un hermoso y denso manto nevado. Pensé en huir en avión a Betanzos, pero en vez de eso, me subí al metro y entré en el primer bar español que encontré. Allí, me abrí paso entre un delicioso bullicio. Me sirvieron un Rioja, creo que el camarero sostuvo la copa por la parte equivocada, saludé a unos amigos, y me tomé el trozo de tortilla más irregular que encontré.

¡A veces hace falta poner trocitos de imperfección de tu vida!

Aunque todo es relativo 🙂

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Aún no

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En esos momentos en los que esa amalgama gris lo cubre todo, no escribe, ni atiende, ni piensa. Entonces escucha música.

Busca canciones que la conduzcan allí donde antes estaba. Sólo algunas veces encuentra lo que está buscando. Entonces lo escucha una y otra vez. Sube el volumen para que todo se inunde con aquellas notas que comienzan a producir su efecto hasta que no sólo vibran en sus oídos, sino allí dentro, muy dentro, en el lugar olvidado.

Se deja llevar. Baila. Cierra los ojos y ese resquicio sellado se resquebraja y comienza a sentir la cálida luz del sol en su cara, en entonces cuando el estado gris parece desvanecerse. Duda sobre si alguna vez ha existido. Y sonríe levemente. Un momento de felicidad. “Retenlo”, piensa.

Entonces es cuando ocurre, aquella cálida luz que invadía sus entrañas ha reabierto aquello. Duele. Debe apresurarse a detener la música. Y se precipita a hacerlo con el cuchillo hundiéndose cada vez más en su alma y lágrimas en los ojos. Aún no, no puede, no es el momento.

Cuando las notas cesan, paulatinamente todos los tonos del gris regresan.

Se queda allí en mitad del salón. La calma reaparece y apacigua el dolor. Prefiere el gris.

Allí permanece, con el corazón palpitando, el sudor secándose en su frente, en medio de un silencioso vacío, por fin vuelve a no sentir nada.

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La intrusa

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El verano se acerca y empieza mi obsesión porque ningún ser vivo, excepto yo y mis visitas, entren en mi piso.

Ayer por la tarde, después de una larga jornada, me tumbé en el sofá dispuesta a leer tranquilamente arrullada por el sonido de la nada, esto es, en un silencio absoluto.

No había ni leído media página del libro que tenía entre mis manos, cuando algo me obligó a alzar la mirada. Empezaba la temporada de verano: un mosca.

Intenté pasar del asunto convenciéndome de que igual que había entrado por la ventana entreabierta, sabría encontrar la salida.

Procuré retomar mi lectura, pero no pude. Como ya sabréis por otra de mis entradas, en cierta ocasión quise reservar habitación en el hotel cinco estrellas que tengo enfrente de mi casa, porque una abeja se empeñó en pasar la tarde en mi salón.

La mosca de ayer era muy rara, no dejaba de dar vueltas siempre por encima de mi cabeza, yo creo que ya nos conocíamos porque no entiendo que no escogiese otra parte de la habitación para su periplo en cuadrícula.

Por norma general, sentirme perseguida, me pone nerviosa, Por este motivo, tomé la decisión de interrumpir mi lectura y encararme con el intruso.

En muchas ocasiones de mi vida he lamentado no ser una asesina, por ejemplo, aquella vez en Toledo cuando me encontré con una cucaracha más grande que un pendrive, o con aquella avispa un verano en Alemania, por la que me ví obligada a levantar mi vestido y enseñarle las bragas a un sonriente camionero que hizo sonar el claxon de su vehículo por aquel inesperado y gratuito espectáculo de destape con grito incluido; O, la vez en la que le pegué a un chico en Budapest en plena calle, sin conocerlo, porque pensé que lo atacaba una libélula gigante; O aquel otro, en el que recorrí medio Lago de Ginebra con un ojo cerrado a causa de un minúsculo mosquito que se me metió en el ojo y que hacía que viese una mancha negra si lo abría. Lo único que conseguí con este gesto es que me guiñaran el ojo casi todos los hombres que se cruzaban conmigo aquel caluroso domingo de verano creyendo que buscaba plan para de fin de semana.

Y así podría relatar una infinita lista de momentos ridículos a los que me ha obligado mi fobia a los insectos, bichos, bichitos y demás seres diminutos, por la simple razón de que no los ves venir. La de manotazos que me he pegado a mí misma, la de limpiezas de cutis debajo de las sábanas, sudando, para protegerme del ataque de algún mosquito agresivo que no atendía a razones. La de saltos que he dado, tanto en público, como en privado, para librarme de estos seres.

Y, como decía antes, siento no ser una asesina. No lo soy. No puedo matarlos, pero les hablo, les hablo mucho, en prolongadas conversaciones para intentar que se avengan a razones y en diversos idiomas, por si acaso es ese el problema. Idiota ¿verdad? Porque no me oyen. Ya lo sé. En eso sí que me parezco a esas personas que razonan con sus mascotas por la calle y les recriminan: “¿Pero que te he dicho antes? ¡Que primero tenía que ir al cajero y después a comprar el pan! ¡Si es que no atiendes cuando te hablo!” Y, claro, como las mascotas los miran, porque reconozco que los miran mucho, por eso sus dueños piensan que les entienden, tanto el pretérito perfecto, como el mensaje.

Pues yo ayer me dedicaba a lo mismo, pero con la mosca, aunque no por la misma razón, es simplemente porque no podía, ni quería, matarla. Nunca lo hago, con ninguna. Es entonces cuando les indico el camino, muevo el aire que las rodea con cojines, les digo que por ahí van bien, por allí no y todo tipo de estupideces mientras salto de un sofá a otro, de alfombra al suelo, mientras agito brazos y manos sin cesar.

Es muy cansado, muy buen ejercicio también, pero la mosca de ayer… ésa me conocía, seguro, y eso que dicen que viven un día, pues yo casi podría asegurar que con esta me había cruzado antes, porque lo que en moscas más entrañables me lleva menos de un cuarto de hora, con ésta se prolongó más de dos. Yo creo que hasta se reía. Cuando empezó la segunda hora, ya no sólo lo intentaba con palabras dulces, llegué a ponerme agresiva y hasta a gritarle ¿Quién en su sano juicio se enfada con un animalito con el cerebro de una mosca?

Sin embargo, la mosca en cuestión tenía que ser de Pontevedra, una zona de mi tierra de espectacular belleza, aunque debo decir que con moscas muy pesadas, porque siempre vuelven. No lo digo yo. Está científicamente probado: Las moscas de Pontevedra vuelven. Siempre. Y ésta no es que volviese, es que se empecinaba en no ir hacia la ventana. No quería salir y volar libremente con la brisa marina agitando sus alas. No, no, quería quedarse en mi salón y en la misma parte del mismo. Si no se hubiese tratado de una mosca, hubiese pensado que sufría una psicosis paranoica por la de vueltas que daba en torno al mismo sitio. Claro que, también podía ser que supiese que se aproximaba la hora de la cena. Hasta probé a freír unas croquetas con las que la tentaba intentando dirigirla hacia la ventana que la esperaba abierta de par en par. Pero nada.

Confieso que, en cierto momento de rabia incontenible, se me pasó por la cabeza asesinarla. Sí, lo reconozco. Sin embargo, enseguida recobré la cordura y me detuvo el pensamiento de convertirme en una asesina, aunque lo que más me frenó, fue el mero pensamiento de cómo me desharía del cuerpo, un cuerpo aplastado, la sangre que soltaría. No, no era opción.

No la asesiné pero tampoco puedo aseguraros cómo desapareció. Sólo sé que me desperté al día siguiente encima del sofá abrazada a un cojín. Lo curioso del caso es que las croquetas de la ventana no estaban y la mosca tampoco.

Mentiras

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NY people

En caso de que no hayas vivido nunca en Nueva York, te diré que hay bares en los que sólo encuentras fantasmas y no me refiero a esos de los que llevan sábanas, sino a los otros. Yo solía ir bastante por esos bares, me gustaba la decoración, pero al tiempo, debía lidiar con esas chicas sentadas al piano intentando cantar en francés con acento americano, mientras todos los pijos que las escuchaban con devoción, pagaban exacerbadas sumas de dinero, sólo para rodearse de tanta sofisticación. Bueno, ya conocéis la debilidad de los americanos por lo francés.

Reconozco que yo, en aquella época, recién licenciado, me dedicaba a observar y tomar notas por todas partes a las que iba y, parte del juego, eran las mentiras. Me salían así, sin pensar. Era horrible. Cuando ya la había soltado, me daba cuenta de la tremenda estupidez que había dicho y, para mi sorpresa, cuanto más grande era la mentira, más se la creían aquellos pijos. Si alguien me preguntaba hacia donde me dirigía, en vez de decirle que me iba a comprar el periódico, le soltaba que me iba a la ópera. Era terrible. Aquella gente deseaba ese tipo de respuestas y yo se las daba. Cuanto más mentía, más locos se volvían. Un día un tío se me acercó. Al parecer se trataba de un gran empresario de no se qué empresa de tecnología y me preguntó a qué me dedicaba. Le contesté que era escritor y que había publicado más de cinco libros. Por aquel entonces, yo tan solo contaba con veinticinco años. Como buen snob que era, le encantó mi respuesta. Hasta me pidió que le firmase la servilleta. Hice un garabato por miedo a que se le ocurriese buscar mi nombre en Google o algo así. Siempre me pregunté porqué en aquella etapa de mi estancia en Nueva York, había mentido tanto. Quizá fuese porque, inconscientemente, si no eras un pez gordo o una celebridad en aquellos ambientes, nadie te hubiera dirigido la palabra. No sé, el caso es que mentía con tal naturalidad, que fue ahí donde empecé a pensar que quizá lo mío fuese inventar historias. Y también pienso que, si no hubiese desarrollado tal capacidad, ahora no tendría veinte libros publicados, una casa en propiedad, otra de vacaciones, una mujer tan guapa, tres niños y un perro. Sin embargo, no sólo eso ha cambiado, ahora ya no miento, no tanto como antes, por lo menos. Sólo lo hago cuando escribo, al fin y al cabo, de eso se tratan las novelas, de inventarse historias, ¿no?

El aparcamiento

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conducir-enfadado

El aparcamiento estaba vacío. Era amplio, luminoso y nuevo.

El hombre condujo hasta la salida, abrió la ventanilla para meter el ticket en la máquina y esperó hasta que se levantase la barrera.

La salida era ancha y por su amplitud, parecía diseñada para conductores inexpertos. Sin embargo, no era el caso ya que el hombre llevaba más de veinte años conduciendo.

Por fin, la barrera se abrió y él puso el pie en el acelerador. Se oyó un ruido sordo.

Siempre he pensado que la manera en que conduces da muchas pistas sobre cómo eres. Unos, son agresivos, como él, es decir, inseguros. Otros, son educados, con o sin coche. Otros dicen que no les gusta conducir porque son ecologistas y van en metro, esos son a los que les da miedo conducir. Otros, son calmados y pausados. Otros son nerviosos y dan volantazos…

Tras el ruido hubo una pausa. El ala derecha del coche tenía un arañazo considerable, tan grave que, una de las columnas, se había quedado sin parte de la pintura.

– ¿Es que en España no saben construir aparcamientos? ¿Por qué ponen columnas? – dijo él, en un ataque de cólera.

– Para que el techo no se te caiga encima- contestó ella.

Como los extranjeros son tan raros, quizá sujeten los techos con salchichas, que son más blanditas. Aquí, como somos más brutos, ponemos hormigón.

Era ya la cuarta vez en un mes que los españoles habían puesto algo en su camino para que él chocase. El recién estrenado coche se encontraba en tan mal estado que parecía ya de tercera mano.

Es lo que tiene vivir en España, no dejas de chocar, sobre todo si no sabes conducir.

Prejuicios

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bar 2

¡Camarero! Dijo el anciano sentado en la barra del bar.

-Pregunte a aquellos dos caballeros de la mesa de la esquina si puedo tomar dos dedos del vino que están bebiendo.

El camarero sin dar muestra alguna de la extraña petición, se acercó a los dos hombres de aspecto pulcro e hizo lo que le pedía.

Los dos hombres, volvieron su mirada hacia aquel individuo de aspecto bohemio y, minutos después, el camarero sirvió dos dedos del vino al hombre que, levantando la copa, les dedicó una sonrisa.

Cuando ambos terminaron la botella, el anciano encargó que les sirviesen otra de la misma añada.

Ambos se quedaron gratamente sorprendidos, pues jamás pensaron que aquel anciano extravagante, pudiera permitirse pagar cerca de mil euros por aquella botella.

Y es que, en la mayoría de las ocasiones, los prejuicios nos ciegan. Y, a veces, basta con respirar hasta el fondo, sonreír y dejarse sorprender.

¡Feliz 2018!