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Nunca he creído que fuese buena idea leer las instrucciones de los medicamentos antes de tomarlos y, mucho menos, cuando el dolor trastorna todos tus sentidos.

Cuando un médico te receta alguna medicina debes confiar, sólo que yo tengo la mala costumbre de no confiar y las leo, lo cual es perjudicial.

A causa de esta estúpida costumbre me informo de todos los efectos secundarios de lo que voy a tomar. Éstos suelen ser de tal calibre, que termino valorando si será mejor que no tome nada para evitar acabar peor.

Sin embargo, dadas las características del dolor en cuestión, esta vez esa opción no era posible.

Acosada por un agudo dolor, causado por una contractura muscular que decidió acompañarme, por si me sentía sola, durante toda la semana pasada, me acerqué al médico, sin apenas poder disimular el dolor.

El galeno me recetó lo normal, un antinflamatorio y un analgésico.

Ya en casa, sin poder permanecer en una sola postura a causa de los nervios que provocaba aquella cosa afincada en un lado de mi espalda, que además osaba irradiar hacia otras zonas para mayor incordio, me dispuse a leer si se tomaba con las comidas o fuera de ellas.

A pesar de no poder apenas esperar a comenzar con el tratamiento, desplegué como pude el papelito, minuciosamente doblado, para leerlo.

Una mala costumbre que debo abandonar, pues todos te advierten de una serie infinita de consecuencias, tales como espasmos, temblores musculares, picor de la piel, erupciones cutáneas, sensaciones de que todo da vueltas, ictus, hematomas o manchas en la piel, náuseas o vómitos, hinchazones varias, temblores o convulsiones y un largo etcétera.

Levanté la vista después de leer la retahíla de trastornos que el medicamento podía ejercer en mi cuerpo y pensé que podrían resumirse diciendo que sus efectos podían convertirte en un zombi que echa espuma por la boca, oye sonidos extraños, camina con un hombro encogido por los espasmos, tiene la piel llena de pústulas y que se encuentra fatal.

En este estado, que imagino debe de ser muy molesto, te pueden entrar ganas de ir matando a la gente por ahí. No por el hecho de matar, sino por pura envidia de ver a los demás tan sanotes caminado como si nada.

En resumen, que si te ponías así de mal, dejases de tomarlo. Esto ya le sobraba a las dichosas instrucciones.

Por otro lado, el dolor te altera de tal forma que ni entiendes lo que ves. Recuerdo haberme enfadado bastante al leer: “Ningún amante durante el tratamiento”. Aquello era mucho, en primer lugar no podía adoptar ninguna postura durante más de cinco segundos seguidos, pero además, ¿Quién les daba permiso para meterse en mi vida privada? Doblada de dolor, con las manos temblorosas sujetando el prospecto releí el inocente párrafo que decía: “No amamante durante el tratamiento” Reconozco que me quedé más tranquila, porque no pensaba hacer cosa semejante.

Aunque creo que el mayor golpe que recibí fue cuando leí que comenzase a tomar las pastillas en las cenas y desayunos, ya que apenas eran las tres.

Pasé la tarde retorciéndome de dolor y dando vueltas, mirando de reojo cualquier aparato que marcase la hora, esperando a que llegase el momento de cenar ¡Y menos mal que ceno temprano!

Cualquier persona más relajada que yo, en esta situación, se hubiera tomado la pastilla al salir de la farmacia.

Francamente, soy idiota.