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Diamantes

Su aspecto exterior no le importaba en absoluto.

Era callada e introvertida y, si hablaba, nunca decía estupideces.

Su soledad era quieta, apretada, contenida y olía a destierro.

Su pueblo era un lugar de palabras huecas.

Allí se hablaba sin respirar, sin escuchar, sin pausas, sin alma, sin pasión, triturando la gramática, aplastando una sílabas contra otra, con voces agudas y gritonas.

Ella siempre había sido apartada de estos corros por su descarada intención por conversar. Hasta que había comprendido que era mejor callarse.

Nadie podía leer sus ojos, de un azul más misterioso que profundo. Era consciente de que no la entendían. Siempre había sido así.

Su vida eran sus pensamientos. Y sus palabras monosílabos que cortaban como ráfagas.

Detrás de aquellos rasgos juveniles siempre se había ocultado un alma trazada por violentos hachazos de aislamiento, aquellos que reciben los que se saben diferentes.

Aquella tórrida tarde de agosto, enfrió su soledad llorando despacio pero sin pausa, derramando lágrimas que venían del pasado. Dejando escapar por fin, lo que hasta el momento había acumulado en su desván privado.

Tal era la pureza, transparencia, claridad, brillo y tamaño de las gotas que resbalaban por sus mejillas con su llanto, que hasta un experto joyero hubiera podido asegurar que lloraba diamantes.

Y lo eran. Diamantes de un alma, tallada por años de retraimiento convertidos en joyas de sensibilidad y madurez.

Mientras las lágrimas resbalaban saladas por su rostro, no pudo evitar levantar la mirada hacia un balcón donde unas cortinas de encaje jugaban con el viento, al tiempo que ocultaban miradas tras los ventanales entreabiertos. Esas miradas que siempre la habían acosado desde esquinas ocultas, visillos o cristales, trazando ese círculo de acoso que la había visto crecer.

A temprana edad ignoraba que entablar una conversación en aquel pueblo conllevaba un castigo.

Sin embargo, la cacería a la que había sido sometida, finalizaría en aquella misma estación de tren que tantas veces había visitado sin atreverse a subir a esos vagones que tantas veces había visto partir. Los mismos que ese día se la llevarían entre sus roncos sonidos por encima de oxidadas vías de ruido metálico y seco.

Quizá, con suerte, ese tren la dejase en alguna estación donde las palabras, los sentimientos y las conversaciones, fueran, como mínimo, tan valiosos como los diamantes.