La crisis

Etiquetas

5baae931f03eedd1fca53299db3de04c

Es media noche.

Las sábanas empiezan a pegarse a su cuerpo por el sudor.

Intenta no despertar a su mujer que duerme a su lado y se escabulle lentamente fuera de la cama hacia el sofá del salón.

Una vez allí, se sienta.

El calor dentro del apartamento es casi insoportable.

Es un piso alto y aunque el balcón está abierto no corre ni una brizna de aire.

Todo es sofocante, hasta sus pensamientos.

Sus ojos se clavan en una esquina del salón a la que mira fijamente, aunque sin verla.

Una de sus manos se desliza hacia el estómago que empieza a frotar despacio, intentando así deshacer el nudo que siente en él.

La misma sensación lleva acompañándolo desde hace días, desde que lo despidieron de su trabajo.

Sin embargo, antes de que eso ocurriese, su vida ya era absurda.

En mitad de la noche neoyorquina, en medio de una ciudad en la que jamás dejan de ocurrir cosas, él se siente como si se hubiese apeado de un tren en marcha en una estación. Y como si todo continuase sin él.

Por la puerta del salón y medio dormida, entra su mujer.

Preocupada, le pregunta qué está haciendo despierto a esas horas de la noche.

El calor…

Ella sabe que no es verdad.

Se arrodilla junto a él.

En medio de todo lo absurdo, ella es la única pieza que encaja en su vida.

Ella no puede evitar fijar su mirada en la mano que él mantiene sobre el estómago.

Los ojos inquietos de su mujer reclaman una respuesta.

Ella se preocupa aún más al ver que él se toca el pecho como si intentase aliviar algo que le molesta.

Está visiblemente nervioso y comienza a hablar casi sin pausas sobre lo absurdo que es todo.

Nada tiene sentido, más aún, es un complot del mundo contra ellos dos.

Su monólogo roza la locura.

Él habla sobre los años que lleva trabajando en la misma empresa, la misma que hace una semana lo ha dejado en la calle.

Recuerda las horas, los minutos, los segundos, no de trabajo, sino de vida, que les ha entregado.

El corazón de ella late algo más deprisa, consciente de que esa larga conversación es el principio de un cambio sin vuelta atrás.

Dispuesta a escuchar, se sienta en el sillón de enfrente.

Centra toda su atención en las palabras de su marido, en sus movimientos, escruta sus gestos para interpretar cuál es el alcance de la crisis de ansiedad que está presenciando.

De un salto, él se levanta y comienza a pasear en círculos concéntricos como si fuese una fiera enjaulada.

Sin resultado, ella intenta calmarlo hablándole suavemente.

Él no cesa de hablar y hablar sin apenas tomar aire.

Mira a su alrededor y sólo ve cosas inútiles, cosas que han comprado a los largo de los años, pero que sirven para poco. Cosas que creían formaban parte de lo que había que tener para alcanzar algo que tampoco ellos sabían lo que era.

Todos los meses, durante, casi, toda su vida ha ido a trabajar y ha comprado cosas, objetos inertes que están allí presentes y que no le sirven de nada.

Sólo el hecho de que lo hayan despedido, en ese espacio tan corto de tiempo, apenas una semana, en la que la vorágine diaria ha parado en seco, le ha permitido poder pensar.

No ha tenido que pelearse con el tráfico, ni con gente maleducada, egoísta, ni con claustrofóbicos ascensores que le producen ataques de pánico, tampoco con jefes tóxicos y acomplejados que odian su vida así como a sí mismos.

Todo ese huracán de insolidaridad que le rodeaba ha desaparecido.

Ha podido darse cuenta de que la vida que había comenzado, hace ahora veinticinco años con su mujer, no era lo que él quería.

Y probablemente, ella tampoco.

Y ahora, desde su apartamento en la planta once de la Gran Manzana ve que vive en una ratonera, en una colmena en la que los vecinos no se conocen y en las que las noches de verano se hacen interminables por el calor de la inmensa ciudad en la que, la huelga de basura, hace que el olor sea insoportable por muy alto que vivas.

Unos golpes en la pared de al lado paran en seco su diatriba, un discurso tan sensato como incoherente.

Ella lo entiende, lo escucha, tienen ese tipo de relaciones en que desde el primer momento han sido dos y en las que nada funciona siendo uno.

Los golpes en la pared de al lado no cesan. Son las cuatro de la mañana y los nervios se ven potenciados por ese insoportable calor del cuarto.

Sin pensarlo dos veces se dirige hacia la pared de los vecinos que parecen estar disfrutando de una pequeña fiesta.

Da dos golpes secos y fuertes, al hacerlo, dibuja dos grandes agujeros en el muro que son tan fuertes como el papel.

Después grita, pero consigue poco, pues el ruido de los vecinos es más fuerte que sus golpes.

Hace más calor, el dolor del pecho continua, la pared ahora tiene dos huecos por los dos puñetazos de su rabia incontenida.

Y él se encuentra más impotente que antes.

Se vuelve hacia su mujer con esa mirada perdida del que se encuentra hundido en medio de un mundo absurdo, inmerso en una pesadilla que ha elegido sin apenas darse cuenta.

Entonces ella se levanta, lo abraza y le susurra al oído que, a veces, es bueno caer para despertarse y comenzar de nuevo desde el principio. Desde el día en que te das cuenta de que una etapa de tu vida se ha terminado para siempre es cuando tienes la certeza de que prefieres arriesgar a quedarte donde estás.

Mañana empezaremos a construir otro mundo distinto a éste y lo haremos juntos, como siempre.

Ese día comenzó una crisis de ansiedad que duró meses y, después de mucho tiempo viviendo en la oscuridad, nació un escritor.

 

La magia del valor

Etiquetas

libro_rosa_sangre__

Tras los ojos de los soñadores se esconden secretos.

Y ante esa magia reaccionan.

Han vivido tiempos difíciles, tiempos en los que podrían haber muerto, pero han sobrevivido.

Los corazones de los verdaderos guerreros se alimentan de sufrimiento y sueños.

Ellos son los dueños de la espada del valor que persigue sus deseos.

No importa lo lejos que estén.

No importa lo inalcanzables que parezcan.

Ellos encuentran la verdad a través de la búsqueda.

Si vives sangras, si sangras te cubres de cicatrices.

Y son precisamente estas cicatrices la prueba de que no te has limitado a soñar que vives.

El que posee la fuerza para perseguir su magia y la persigue hasta su último aliento, será capaz de encontrarla.

Sólo así, podrá arrancarla de sus sueños.

El valor siempre gana, y si no gana, te hace noble.

Algunos reaccionamos ante la magia, escribiendo.

Escribimos sobre la fuerza de nuestros propios sueños, pues si no lo hiciéramos, moriríamos.

Escribir es amar.

La música es vida.

Y la vida es pasión.

Los verdaderos guerreros, los más osados, los más valientes, no se limitan a escribir, ellos son capaces de ir más allá.

Se atreven a vivir sus sueños e incluso los comparten contigo.

Y tú, sólo puedes agradecerles que los sueños sobre los que tú escribes, formen ahora parte de tu realidad.

 

El cultivo de la nostalgia

Etiquetas

,

7787b133d24158632bae08ecaaf87e35

La sensación de lo inexorablemente perdido nos sume en la melancolía.

Esa bruma cegadora que algunos se empeñan en cultivar, fuente de las mejores rememoraciones poéticas, no es otra cosa que un proceso de reactivación y magnificación de la nostalgia.

La búsqueda sin pausa de la resurrección del pasado produce su engrandecimiento pues, probablemente, si lo viviéramos de nuevo no sería tal y como lo imaginamos.

Muchos, consciente o inconscientemente, conservan recuerdos de una realidad perdida cuyas dimensiones no fueron las verdaderas.

Cuando éramos niños, temíamos aquel pasillo oscuro, que seguramente no era tan largo, ni sus sombras tan densas.

De igual modo, el motivo por el que dejamos por el camino a aquella persona era, simplemente, porque no la amábamos.

Tampoco los recuerdos de aquellos lugares están exentos de malas experiencias los cuales, nuestra selectiva memoria, ha borrado.

No es cierto que el pasado haya sido mejor, lo único cierto es que hay que pasarlo.

Y, siempre que sea posible, recorrerlo sin mitificarlo.

Pero también es cierto que si optáramos por esta senda de realidad, perderíamos a todos los poetas y escritores que han amplificado sus recuerdos para aterrorizarnos con largos pasillos, hacernos sufrir por amores imposibles de recuperar, o lograr que huyamos con la mente a esos lejanos lugares del planeta por los que abandonaríamos casi todo.

Sería imposible para los que nos gusta soñar que nuestra vida no es una, sino varias, vivir sin esos mundos interiores propios. Mundos amontonados por deseos imposibles de realizar que dan paso a las brumas de la melancolía, ésa que deja los sueños sin retorno.

No podríamos despertarnos sin soñar que la vida es un sueño de realidades perdidas. Esas realidades que alimentan nuestros deseos de vivir posibilidades que nos empeñamos en pensar que, quizá algún día, se vuelvan realidad.

Por eso, seguimos resucitando el pasado, soñando, leyendo y escribiendo, porque nos empeñamos en pensar que viviremos historias aterradoras, que seremos los protagonistas de amores tan intensos como inconfesables y que descubriremos lugares tan perdidos como nosotros.

 

Alea Jacta Est o quizá no

Etiquetas

, , , ,

1279024381052_f

Hace calor.

Un calor insoportable en toda la ciudad.

El aire acondicionado me pone mala.

Puedo soportar a duras penas unas sandalias y un vestido.

Mi mejor refugio es un edificio de piedra.

Una iglesia.

Está fresca, fría, helada. Allí dentro puedo respirar.

Aunque la ausencia de gente es relajante, también desprende un aire de misterio que no me apetece respirar en ese momento.

Esa noche necesito acercarme más a la vida, por lo menos un poco.

Busco el bullicio de una noche de verano que hasta el momento se ha hecho demasiado larga.

Dentro de los seculares y densos muros de piedra empieza a hacer demasiado frío.

Me voy.

La ola de calor vuelve a golpear mi cara.

Camino sin rumbo.

Hay gente en la calle.

Corros de gente se arremolinan en mitad de la calurosa noche.

Me paro ante un edificio de piedra que parece una mezcla entre el castillo del Rey Arturo y una biblioteca.

Es un club, construido dentro de una iglesia de piedra, cuyo alquiler se paga a las monjas.

La voz desgarrada y grave de Chris Isaak canta “I can´t help falling in love with you” de Elvis Presley.

No puedo evitar entrar.

Nadie puede resistirse a esa combinación.

Dejo aparcado a la entrada el calor, que no cede un ápice.

Me acerco a una especie de rueda de piedra que hace las veces de mesa y apoyo los codos, llevándome una mano a la frente para retirar un mechón de pelo de mi cara.

El ambiente es distendido.

La piedra me transmite el frío que ha acumulado a través de siglos de espera.

Estoy en una ciudad en la que huir del calor es fácil y en la que para realizar un viaje a través de los siglos no necesitas medio de transporte.

Me rodean frases en latín escritas por todas las paredes.

Pido algo con mucho hielo.

El calor lo justifica.

Piedras centenarias, hielo, alcohol y esa voz rota en mis oídos.

La voz de Chris que se lamenta de no poder evitar enamorarse.

Me parece bien.

Uno debe enamorarse. Es casi una obligación.

El calor que no me dejaba respirar se ha desvanecido.

He abierto las puertas de otro siglo.

Los libros están por todas partes, esperando pacientes a que los apoyes en tu regazo.

La música, con su melodía, me proporciona la calma que necesito.

Apoyo mi brazo desnudo en la mesa de piedra.

Con ambas manos acaricio el vaso para sentir el frío de los cubos de hielo a través del cristal.

Un trago helado atraviesa mi garganta.

Ese convento sigue siendo un lugar de culto. Otra clase de culto. Un escondite de un presente caluroso. Un presente agobiante. Tanto, que impide pensar con claridad y que te obliga a pasear tus ideas en círculos, repitiendo los mismos pensamientos hasta el hastío.

Un laberinto angustioso.

Un presente rápido, agobiante y exigente.

Mis ojos se clavan en la frase escrita en una de las paredes “Alea Jacta Est”. No sé si la suerte está echada pero, por lo menos, esa noche parece que puede cambiarse.

El hielo y el alcohol dejan que me escape para poder regresar a lo que creía perdido.

Quizá esa noche termine acogida por algún otro monumento centenario.

O con suerte, aguante hasta las seis de la mañana y me deje despertar en La Regenta por un café recién hecho.

Creo que sobre esas horas la estatua de Unamuno empieza a hablar. Iré hasta allí. Quiero decirle que yo tampoco me quiero morir.

 

Un desafortunado percance

Etiquetas

bgyugvbgyv8iyv8ityiyut

Me dispongo a disfrutar mi descanso de mediodía en una discreta esquina, bajo el toldo de una terraza en la que se agrupan escasas personas.

Los rayos del sol son fuertes y no puedo evitar sonreír pensando en los partes del tiempo que siempre predicen lluvias de verano en el norte. Supongo que para preservar la imagen típica de mi tierra, o para que todo el mundo se dirija al sur y así, los políticos puedan veranear sin ser molestados. No sé.

Busco mi esquina de siempre. Busco la sombra bajo el amplio toldo desplegado. Una ligera brisa no permite que la temperatura me agobie.

Trascurridos tan solo un par de minutos veo llegar a una pareja. Un matrimonio. Caminan muy juntos, pegados. Ya algo más cerca, observo que él tiene serias dificultades para avanzar. Apoya parte de su peso en ella, que es claramente más joven que él.

Ambos deciden sentarse en la mesa contigua a la mía, quizá por ser la más apartada del par de grupos que hay en la terraza.

Intento ser discreta para evitar que se sientan observados.

Las maniobras que llevan a cabo para que él se siente requieren práctica y tiempo.

No puedo, de todas formas, evitar que se me escapen miraditas con el rabillo del ojo.

La mujer va enfundada en unos vaqueros grises que combina con una blusa blanca. Su brazo está tenso. Puedo ver que tiene que repartir el esfuerzo entre el brazo y una pierna, igual de pétrea que el brazo para poder aguantar gran parte del peso de su marido. No por ello pierde su sonrisa.

Mientras, el marido se entretiene con casi todo lo que se le planta delante de los ojos.

La mirada de la mujer se clava en la silla que por fin está a un par de centímetros de las piernas de él. Parece ansiosa por librarse del peso.

El marido antes de sentarse y con las piernas dobladas ya, preparadas para el esfuerzo final, se detiene para leer el gran cartel de la entrada que expone todos los platos del día.

La mirada de la mujer está entre ansiosa a desesperada por la innecesaria parada.

No conforme con leer todo en voz alta y mientras ella hace toda la fuerza de la que es capaz para sostenerlo con su brazo y pierna el tiempo, le sugiere en voz dulcemente baja que lea todo, pero una vez sentado.

El esfuerzo de ella y su dulzura no me cuadran. Más bien parece la voz de una contenida resignación.

Haciendo caso omiso de los consejos de ella, él no se sienta hasta no haber leído hasta los postres en voz alta.

-“Bueno, ahora ya sabemos lo que hay”- dice satisfecho. Su atención se desvía por fin hacia la silla, y por fin decide mover la pierna que lleva unos cinco minutos medio doblada, concediendo así un descanso a los músculos de ella.

Por fin, alcanzan su objetivo. Ella se masajea el brazo, poco después se levanta y busca un periódico que le entrega a su marido para que pueda seguir leyendo.

Después de haber pedido, él se concentra en su lectura sin dejar por ello de farfullar por lo bajo todo lo que lee. Observo que la mirada de ella se dirige hacia las copas de los árboles, como si mirase al cielo.

La brisa se intensifica un poco pero puedo oír claramente cómo ella inspira el aire como si buscase su instante de paz. De hecho, cierra los ojos.

En ese preciso momento, él tose ligeramente. Como por arte de magia, veo que algo sale disparado por los aires dibujando un arco casi perfecto.

No parece que nadie se haya dado cuenta del disparo del objeto volador, ya que todos charlan animadamente.

Veo cómo ella reacciona levantándose de forma rápida, pero elegante, con movimientos similares a los de una bailarina de ballet y con una frialdad que querría para sí cualquier jugador de póker.

Es precisamente esa frialdad la que me produce curiosidad y la que me impide dejar de observarla.

Camina un metro y pico para posteriormente agacharse a recoger con precisión de relojero suizo, el objeto que ha volado y caído en mitad de la terraza.

Jamás he visto una cara más impertérrita. Empiezo a sospechar que se trata de algo ensayado, como esas obras de teatro callejeras en las que te ves inmersa hasta que te das cuenta de que todos los que te rodean son actores y tú el único idiota no enterado. No es el caso.

La mujer lleva un pañuelo y, rápidamente, envuelve algo de tal manera que resulta imposible adivinar de qué se trata.

Me siento realmente frustrada, pues cuando llega a la mesa, deja el objeto que ha recogido en el pañuelo dentro de su bolso.

Él levanta la vista del periódico y la mira.

Ahora me doy perfecta cuenta, pues la cara del pobre hombre ha quedado trasformada en la de la rana Gustavo: la dentadura de arriba. Eso es lo que había salido volando, como en las escenas de las películas cómicas, sólo que en aquel momento carecía de gracia.

Ninguno de los dos mencionó el tema. Se comportaban como si a uno le cae una oreja al suelo y comenta qué le ha parecido la ópera que ha visto la noche anterior. Era una elegancia que parecía ensayada.

Entonces ella se dirige hacia él y le dice con dulzura: “¿Vas poder tomar el helado que querías de postre, corazón?”

  • “Chi, claro”- responde él- “el helado no se muerde”.

Excesos

Etiquetas

4ea994cfc90c0472c7b18ac75c4d1abb

Su vehemencia, ingenio, su elocuencia en la conversación, su tono grave de voz hacía que sus palabras fuesen sus mejores armas de seducción.

No se trataba de su físico, que aún sin ser desagradable nunca hubiese llamado demasiado la atención del género femenino. Era su manera de mirar, sus movimientos y sus excesos.

Era ese tipo de hombres de los que las mujeres no deben enamorarse, pero del que no pueden evitar hacerlo.

Sus excesos con el alcohol formaban parte de su encanto y constituían también su parte más oscura. Esa atractiva mezcla que enfadaba y de la que, al tiempo, era difícil huir.

Inútil era decirle que no continuase bebiendo de aquella manera. Como inútil era no adorar por las mañanas lo que había escrito durante su borrachera nocturna.

Era fácil ver que sus excesos diarios le pasarían factura antes de tiempo, a pesar de su juventud. Precisamente, esa falta de tiempo, lo hacía aún más atractivo. Arriesgaba su vida a diario de una u otra manera. Advertirle que no lo hiciese sólo lo hubiese puesto furioso. No se debe intentar esculpir a personas como él, dejarían de ser auténticas, dejarían de existir.

Cuando definía a una persona no usaba dos, sino cuatro o cinco adjetivos a los que te enganchabas casi sin atreverte a respirar para no perderte ni una de las sílabas de su frase. Sus descripciones eran tan exactas como crueles. Y por ambas cosas, resultaba difícil no estallar en una carcajada final. Levantaba sus ojos de la copa y te miraba risueño como el niño que sabe que ha cometido una travesura. Entonces pedía otro whisky. Y tú sabías que cada trago lo acercaba un paso más su final, que sería parte del tuyo.

Vivía una noche interminable que duró apenas unas décadas en las que hizo uso como nadie de su libertad. Convirtió con ahínco su vida en la historia de una soledad elegida. Luchando por apartar el miedo que produce necesitar a otra persona casi para respirar, intentando acercarse a ese mundo bañado en alcohol en el que sentía menos dolor y que convertía en genial todo lo que escribía.

Ahora junto a su tumba, situada entre árboles centenarios, ella deja cada día una botella de whisky. Así ambos pasan horas charlando y riendo como en los viejos tiempos.

Porque cuando el amor es tan fuerte la muerte se convierte en un detalle sin importancia.

El motivo del viaje

Etiquetas

, ,

 

Gamaliel Grootenboer

Gamaliel Grootenboer

No tengo la menor idea de cómo he llegado hasta aquí.

He vivido muchas vidas y no sé si debo envidiar al que siempre ha vivido una sola.

Personas con una pareja, un trabajo, en un país y bajo un solo dios.

Ellos recuerdan cómo han llegado hasta ahí. Yo no.

Las sendas han sido tan diversas, retorcidas, con curvas por suaves railes o a pie, que me confunden.

No puedo más que contar nombres de las personas que he conocido y los lugares en los que he estado como si fueran parte del botín de mi tesoro.

El problema es que no recuerdo en qué consistía ese tesoro, ni por qué salí a buscarlo.

Es como si intentase recordar la trayectoria del viaje que una vez emprendí. Recordar la intención por la que partí aquel día, hace años.

Necesito saber cuál era el destino para poder llegar al final de mi viaje.

No lo recuerdo. No tengo ni idea.

Estoy parada en una estación en mitad del camino. Estoy convencida de que cuando emprendí el viaje, me dirigía a algún sitio.

He aceptado ser la protagonista de vidas distintas, pero he perdido el mapa y no imagino la ruta, ni sé cuál era la estación final.

Te he buscado por todas partes… quizá eras tú el motivo de mi viaje.

No lo recuerdo.

Inventando la vida

Etiquetas

, ,

F5B

Sonrío pensando cómo ayer hacíamos una barbacoa cerca del río acarreando troncos que tú cortabas a hachazos con todo el cuerpo mojado por el sudor bajo el sol.

Y por el contrario hoy, acabamos de llegar de una de las representaciones de ballet más caras de la ciudad.

El primer día y con el único fin de impresionarme, me obligaste a entrar en Cartier en la Bahnhofstrasse, parecía que habías vivido toda tu vida en esa tienda, hasta el portero que nos abrió la puerta estaba convencido de que eras cliente habitual.

Desarrollas con habilidad esa cualidad tan tuya que te permite representar la función que quieras.

La verdad es que conseguiste impresionarme con aquel paseo por una de las calles más caras de toda Europa. Es fácil impresionar cuando todo resulta nuevo, pero no es tan fácil hacer que cada día sea distinto haciendo únicamente uso de la imaginación. Y sin embargo, ambos lo conseguíamos a diario.

Recuerdo con nitidez cómo después de tu alarde por esas tiendas tan exclusivas, lo que me impresionó de verdad fue tu vuelta a la realidad. Tu sinceridad, imposible de rechazar con un enfado y fácil de aceptar con una sonrisa.

Haciendo uso de la misma y ayudado por la noche y una botella de vino en aquel embarcadero contemplando cómo una intensa luna se dejaba caer con suavidad sobre el centro del Lago, confesaste.

Tus ojos, de un azul felino, se clavaron en mí mientras decías que tenías los francos justos para pagar los recibos del mes.

Aquella sinceridad no pudo más que vencerme y estallé en una gran carcajada, sin pararme a pensar en mucho más.

Ambos nos reímos de lo bueno que era tener amigos que se encargaban de la iluminación de la Ópera de Zúrich y que podían conseguir entradas gratis en primera fila, incluida una copa de champán en el balcón durante el descanso para disfrutar del atardecer en el Lago.

La vida transcurría entre entrevistas de trabajo diurnas, tus esculturas, tus cuadros, las joyas que tallabas con tus manos y mis febriles narraciones en el ordenador mientras tú cocinabas.

Tener más que todo eso, hubiera sido pecado, seguro.

Los Lunes

Etiquetas

, ,

lunes-de-nuevo

Hoy lunes, he salido de casa dispuesta a empezar otra semana.

Bajaba hacia mi trabajo distraída, pensando lo tranquila que estaba la mañana y que era una pena no disponer de tiempo para tomar café en una terraza bajo los primeros rayos del sol que empezaban a irrumpir en el recién estrenado día.

Mientras caminaba, me cruzaba con “los de primera hora”. Todos recién salidos de la ducha. Ellos con sus trajes, ellas con sus sandalias de rebajas luciendo unas piernas bronceadas. Todos dispuestos a su lucha particular. Nada especial, un lunes cualquiera.

Sin embargo, a medida que me iba fijando en sus caras, notaba ese aire de lunes tan característico.

Sé bien que los lunes son el comienzo de la semana, pero no entiendo bien por qué eso dibuja caras tan largas a todos los que se dirigen a trabajar.

Es verdad que, lo más probable, es que sus trabajos estén mal pagados o que se hayan topado con un jefe inepto, que es lo que hay en general.

La zona por la que voy hacia mi trabajo no es una en la que la gente tenga el tipo de trabajo por el que podrías tirarte por un puente pero, aunque así fuera, llevar esa actitud no arregla mucho.

Y es que sus caras no reflejan depresión a causa de que sea lunes. El problema es que concentran su felicidad en un trozo de sus vidas, bien sea el fin de semana o unos cuantos días de vacaciones. El resto del año toca caminar con cara de perro con malas pulgas. No sé si esta forma de protesta les sirve para mejorar sus vidas. Para mí que no.

En el trabajo, a todos nos pueden esperar problemas muy diversos, es cierto. A mí no, yo ya los llevo puestos de casa. No por ello me cambia la cara, ni en casa ni en la calle. Simplemente, porque llevar cara de enfadada no me arregla nada, sólo me pone más fea. Lo único que puede reflejarse en mi rostro es un día de cansancio o algún dolor molesto. Por lo demás, los días, son días, sin importar demasiado cómo se llamen, lunes, martes o viernes.

Unos, llevas a cabo cosas que te hacen más ilusión, otros, parecen más iguales, pero nunca se sabe si pueden mejorar y siempre se puede esperar que traigan algo que merezca la pena.

La gente tiende a enfadarse, pretende que todo sea bonito, fácil y empaquetado con un lacito.

No hay nada que hacer al respecto porque han sido acostumbrados a eso desde que nacieron. Muchos creen que se les debe todo, otros viven en el pasado recordando continuamente cuando sus padres les facilitaban la vida hasta puntos insospechados y ahora no pueden asimilar que son ellos los que tienen que poner la lavadora.

El único antídoto contra las depresiones de los lunes es vivir durante una temporada por tu cuenta, mejor si es fuera de tu país. A ser posible, marcharse con lo imprescindible, sin que mamá te busque un amiguito para aliviar la soledad del viaje, llegar y buscarte la vida. Andar corto de dinero aún te vacuna más. Y si, además, no sabes explicar en el mismo idioma del farmacéutico, bajo una intensa nevada, que necesitas algo para ese catarro que te ha bajado al pecho y que te impide respirar, pues mucho mejor.

Una vez pasadas situaciones de este calibre o parecidas, sin contar con que mamá te solucione la papeleta, tener trabajo los lunes casi te hace llorar de felicitad.

Tedio en Berlín

Etiquetas

, ,

aboutpixel_utadohl_fruehstueck_kaffee_marmelade

Mi desayuno está encima de la mesa, esperándome.

Casi puedo ver cómo me sonríen todas las cosas que hay encima de la mesa.

Te espero.

Mi café se enfría, como siempre.

Bebo un sorbo sin ti, casi a escondidas, con remordimientos.

Me siento como si hubiese cometido un delito.

Sigo esperando a que aparezcas.

Miro mi taza con el café recién hecho, humeante.

Y sin pretenderlo me doy cuenta de que tú nunca sabes lo que pienso.

Mi mente es todo un misterio para ti.

Siempre pienso.

Y tú no tienes ni idea de lo que pasa por mi mente.

Me aburre esperar.

Estoy enfadada.

Hace mucho tiempo que estoy enfadada, ni lo sabía.

Me cansa enfadarme. Me agota. Llevo tiempo exhausta.

Y tú, tú me aburres.

Ayer no sabía que me aburrías tanto. Tampoco me di cuenta antes de ayer, ni el mes pasado, pero es así.

Ya hace algunos meses el hastío me asedia sin que me haya podido dar cuenta hasta ahora.

Este hecho ha provocado que haya ido cediendo poco a poco, que haya abandonado todas las cosas que me gustaba hacer, que me hacían feliz. Olvidando casi mi existencia, adormecida por tu aburrimiento.

Eres tedioso, monotemático, absurdo y sin sentido del humor.

No puedo vivir sin mar ni sin sentido del humor, por eso no me daba cuenta de que me estaba muriendo inmersa en tu aburrimiento diario.

Cuando quieres decir algo gracioso, me avisas, para que me ría. No hay nada más deprimente.

Eres así porque tu mente es estrecha, por eso miras con esos ojos vacíos. Tu mente está siempre en un lugar lejano.

Ojos que miran sin ver.

Te has convertido en un experto en perderte la vida. Te lo pierdes todo. Porque vas en busca de algo tan grande, como inexistente. Dejando pasar los momentos pequeños que es donde en realidad se encuentra la belleza de vivir.

Antes pensaba que yo estaba enferma. Reprimía mis risas porque tú no las entendías. Ignoraba que el enfermo eras tú.

Las personas inteligentes no necesitan comer mirando fijamente al plato mientras se pierden cómo pasa la vida a su alrededor.  En el plato no hay nada interesante, sólo comida. Esa actitud sólo la adoptan los estúpidos, los estúpidos como tú.

Odio cómo saboreas las cosas con el único fin de manifestar tu veredicto sobre lo que comes. Odio tu concentración mientras masticas, porque se nota que todos tus sentidos se concentran en una sola cosa: la comida. No puedes mantener una conversación al mismo tiempo. Tu mente no da para eso.

Cuando terminas y dictaminas si todo estaba en su punto y opinas durante media hora sobre la sal, después retomas el tema de siempre, tu monotema, en el que no avanzas, por mucho que pienses.  Uno no puede hacerse rico sin trabajar y menos si se es un estúpido, por muchas vueltas que le des.

Eres triste porque casi te hace llorar que una camisa no tenga arrugas. Deberías llorar si al verte, no al mirar una camisa.

Tu interior es lo más feo, lo peor. Lo que no se ve bajo tu aspecto inmaculado. Necesito imperfección para vislumbrar inteligencia.

Tú me produces hastío.

Por no romper la magia del silencio, rellenas sin decir nada. A veces, hasta con esos estúpidos sonidos guturales que se parecen a los que hacen las palomas en su palomar. Lo importante es rellenar el precioso silencio. Quizá evites pensar. No, no, perdona, no recordaba que no eras capaz de tales excesos.

Tu lenguaje es el de la nada, no dices nada por mucho que hables.

Cuando hablas, cuando gesticulas, esparces tu vacío y lo contaminas todo.

Hasta hoy no me había dado cuenta de que ésta era la razón por la que se morían las plantas. Estaban hartas de tu incesante monólogo, se les caían las hojas y se secaban.

Consideras importante colocar los cubiertos siempre en la misma posición y a los mismos centímetros del plato. Todo tiene que estar igual que el día anterior. Debí haberlos comprado de plástico en el supermercado para ver si te suicidabas. Probablemente ni así lo hubiese conseguido, te hubieses refugiado en el cuarto de la plancha para consolarte admirando tus camisas recién planchadas.

“¡Hagamos una locura!” gritaste un día, y tiraste un trapo de cocina que tenía un agujero, cuando para ti, lo sensato hubiera sido coserlo.

Compras uvas para adornar la mesa. Hay que tener cosas frescas en casa. Las uvas son tan perfectas, tan brillantes, tan enceradas, que no me atrevo a morderlas por si se me cae un diente. Nunca me ha ido el plástico. Pero hay que tenerlas para amortiguar la culpabilidad que te produce estar todo el día tomando golosinas. Esas que escondes por todos los cajones y que tomas en cuanto abro la ducha. Por eso, te cuesta tanto trabajo disfrutar de la comida, porque estás hinchado a golosinas. Todo lo haces a hurtadillas, eso es lo malo. Pero te sientes mejor cuando puedes mirar cómo brillan tus frescas uvas de cera.

Cierras las ventanas cuando llueve para que no se muevan las cortinas, para que no se mueva nada, para seguir viviendo enclaustrado, sin aire.

También cierras las ventanas cuando hace sol y si tienes que salir te embadurnas de un cemento químico por todas partes, para que ningún rayo ose rozar tu piel enferma a causa de tanta protección. Pareces de cera.

No sé por qué te espero sin desayunar.

Hace demasiado que te espero sin saber por qué y hace aún más tiempo que me aburres.

Hoy desayunaré sola. Siempre me ha encantado, pero también lo había olvidado. Lo haré hoy y todos los días del resto de mi vida sin ti.

Sin duda esta mañana el café me sabe mucho mejor que ayer.

El lector

Etiquetas

,

Ferdinand Hodler

Ferdinand Hodler

Hoy he vuelto a tropezarme con el anciano de ojos burlones que trabajó, desde que recuerda, en el gris anonimato de una oficina cualquiera.

Mi anciano amigo, ya jubilado, pasea por las calles en busca del único amigo con el que puede hablar. Se reúnen dos veces a la semana para darse consejos sobre libros y películas. No conversa con nadie más que con él y, de tarde en tarde, conmigo.

Ávido lector desde su niñez, volcado en los libros de la biblioteca de sus padres con pasión incontrolada, afirma, inseguro, que quizá le guste tanto leer porque lleva toda la vida leyendo mal.

Según él mismo cuenta no es capaz de entonar bien lo que lee cuando tiene que hacerlo en voz alta para otros y piensa que, quizá, cuando lee para él mismo, lo hace con tal rapidez que no se para en ningún signo de puntuación. Como si un conductor de vasta experiencia dijese que no presta la más mínima atención a las señales de tráfico.

Y por esta extraña costumbre de leer sin pausa para sí, piensa que interpreta los libros a su manera. Cree que para él tienen otro significado que ni el autor, ni los lectores son capaces de ver porque no “leen tan mal como él”.

Un lector tan ávido, jamás ha osado escribir una sola línea, porque al compararse con Sófocles, Aristóteles, Ovidio, Dante, Ezra Pound, Garcilaso, Shakespeare, Cervantes Lope, Tirso, Calderón, Stendhal, Balzac Hemingway, Faulkner, Passos, Scott Fitgerald, Cela, Sartre, Camus, Verne, Proust, Pushkin, Dostoievski, Turgueniev, Tolstói, Chéjov, Pérez Galdós, Pardo Bazán. Clarín, Unamuno, Charles Bukowski, Walt Whitman, Henry Miller, Kerouac, James Joyce, Kafka, Yeats, Keats, Dylan Thomas, Borges, Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez, Aleixandre y un sinfín de autores más, se paraliza.

Habla perdiendo el hilo y enlazando un tema con otro, relacionando libros con cine, ópera o ballet. Mezclando palabras que pugnan por salir de su boca a borbotones.

Sin embargo, no por ello deja de hablar con mesura, despacio, meditando, buscando las palabras exactas. Me gusta escucharlo. Y a él no le importa que intercale preguntas u opiniones. Quizá por su avanzada edad sabe que escuchar es importante.

La gente lo define como un hombre raro. No lo entienden. Él confiesa que, cuando habla con estas personas, suele echar mano de temas como el tiempo o el estado de las carreteras.

Los raros nunca han sido aburridos. Se distinguen por esa mirada que delata que hay algo más que el simple color de sus ojos. Ese destello que sólo algunos captan. Son personas que hablan susurrando.

Gente que, por su cultura, es más consciente de sus inseguridades y piensa que encaja tan poco con el mundo, que cree que ni siquiera lee bien los signos de puntuación.

 

Mis estrategias de marketing

Etiquetas

1297101664E1yOEl

Hay gente que se aburre mucho y sienten curiosidad por las conversaciones ajenas. No se lo reprocho.

Se trata de ese tipo de personas que se pega a tu mesa aunque el local entero se encuentre totalmente vacío.

Suelen ser individuos de mirada perdida, que parecen estar absortos en asuntos de trascendencia. No es así, pues por mucho que miren al infinito y sus cuerpos inmóviles emulen a las estatuas, lo que en realidad hacen es escuchar conversaciones ajenas.

La verdad es que pocas veces me doy cuenta de este tipo de espionaje. Sin embargo, cuando lo descubro, me resulta imposible continuar conversando. Siento un pudor infinito al saber que alguien escucha lo que estoy diciendo, aunque esté hablando del asunto más frívolo de la tierra. Es privado, me incumbe a mí y la persona que me acompaña.

En principio procuro no darle importancia y me lo tomo a broma. Intento coger desprevenido al espía y suelto frases como: “Y ahora interrumpimos unos segundos la charla para acercarnos a ver las novedades del Corte Inglés que está trayendo unos colores fantásticos para esta primavera”. Con ello intento que se den por aludidos y a veces lo consigo, por lo menos se sorprenden.

Pueden darse dos tipos de reacciones: que el espía se ofenda y se vaya; o peor, que se muestre aún más interesado por si paso a hablar de otro tipo de oferta.

Estar en compañía de una persona y no poder hablar es un verdadero rollo, por lo que pruebo otras estratagemas. Invento una forma de conseguir que flaquee en su impertérrita postura y se delate.

¿Cómo? Una de las maneras más efectivas, para lograr que alguien te mire, es hablar sobre ella con descaro y de forma impertinente. Ya que no te escucha, tampoco puede reaccionar. Puedo, por tanto, hablar sin pudor sobre esa gente que se dedica a escuchar conversaciones ajenas; opinar sobre su corte de pelo, su ropa, lo que se me ocurra pero que moleste. Si tengo suerte, reacciona, me mira con espanto, yo sonrío, se levanta y se va. Asunto resuelto.

Y no sólo me molesta que me espíen cuando mantengo una conversación privada, hay otro tipo de situaciones que me sacan de quicio.

Algunas veces al entrar en una tienda, me acerco a una prenda o algo que me gusta y cometo el craso error de manifestarlo en voz alta. Aquí empiezan mis problemas. Si hay alguien cerca suele abalanzarse sobre mí para arrancarme lo que sea de las manos a codazos y hasta a dentelladas. Ocurre lo mismo con los grupos. En este caso, se forma un enjambre que intenta por todos los medios que suelte la prenda o el objeto en cuestión.

Siempre he pensado que sería una crack del marketing, pues lo que toco, se vende. Es igual en qué tipo de tienda me halle, alimentación, muebles, ropa, zapatos, si ven que estoy interesada, se vende.

Si este tipo de situaciones ocurren yendo acompañada por mi madre, la cosa empeora mucho. Ella suele tener por costumbre describir con infinito detalle y manera exhaustiva, los pros y los contras del artículo, con una precisión tal, que convence de su buen o mal uso a todo el que se encuentre cerca. La reacción del público es, en este caso, mucho más agresiva.

Después de años de observar este tipo de conductas a mi alrededor, pensaréis que estoy loca, he desarrollado una técnica de distracción que consiste en ir corriendo hacia el peor artículo que vea y, en el preciso momento en que observo que el grupo se dirige corriendo hacia mí con intención de arrebatármelo, ejecuto un rápido giro hacia la prenda u objeto en el que realmente estoy interesada y con un raudo e imperceptible movimiento, me llevo el objeto deseado antes de que los demás tengan tiempo a reaccionar.

Sé que contado así parece una locura, pero me ocurre constantemente y en todas partes.

Es cierto que todos nosotros podemos escuchar casualmente conversaciones por la calle o en cafeterías. También es una reacción normal, que la gente se sienta atraída por las cosas que otros quieren. Según he oído, constituye una conocida estrategia de marketing decir frases como: “Ahora todo el mundo se está comprando…” Y va y lo compran. Sin embargo, para mí, cierto tipo de comportamientos se hallan fuera de toda lógica.

En fin, si algún gran empresario que quiera incrementar sus ventas o si algún programa de radio tiene problemas de audiencia, que se pongan en contacto conmigo y subirán como la espuma :)

El poeta

Etiquetas

,

poetry-and-types-of-poetry

Su rostro sin gesto y su voz rasgada, lo delatan.

No le gusta lo que ve, pero sonríe cansado de intentar cambiar el sistema desde dentro.

Sabe que él es el último pasajero de aquella época en la que los sueños, no sólo estaban permitidos, sino que eran posibles.

Su alma demasiado nítida habla a través de la mirada, dulce y profunda, del que se comunica sin mover los labios.

Ha perdido los teléfonos de todos los que estuvieron una vez en su vida. Y ahora se pasea con las manos en los bolsillos vacíos buscando algo que nunca termina por encontrar.

Los espejos reflejan mentiras, por eso prescinde de ellos.

Su ruinosa poesía es un discurso inacabado que abre un abismo en la mente.

Exhibe con descaro trozos de su vida, retazos de su mundo.

Vive de música, poemas, besos y charlas a última hora de la tarde, pues al abandonar sus poemas se da cuenta de que viven en las calles.

Crea poemas y canciones sin pausa, lo hace sin levantar la voz, acompañado de esa calma que poseen las personas que lo han vivido todo.

Sabe en todo momento que los minutos se suceden, siendo consciente de la hora, pero no por eso abandona.

Escribe y escribe poemas que nadie entiende y sonríe pensando en el día en que sean meridianamente claros para todos. Sabe que ese día llegará.

Su voz inalterable, su paciencia, su constancia, su determinación y su risa intacta se tocan sin mirarse.

Y mientras soporta aplausos carentes de significado, aunque cargados de afecto, observa cómo la tela comienza a rasgarse.

Pues no piensa morirse hasta el día en que todos entiendan lo que con ahínco escribe, lo que sus poemas gritan y lo que su voz calla.

Y ese día podrá cerrar los ojos, contemplando su obra, que dejará de ser un concepto absurdo de palabras hiladas, tras noches en vela, para ser entendido.

Un sueño que lleva toda su vida persiguiendo.

Un día absurdo

Etiquetas

,

 

5167a3032eb947bab2b6e9fbc786e984

Hoy es un día cualquiera.

Ocurren muchas cosas, pero no pasa nada, nada que me despierte.

Estoy dormida.

Ejecuto mil tareas con la única idea de terminar el día.

Y en medio de la nada que me rodea ese día, cometo el error de pararme a pensar.

Me pregunto por qué repito de nuevo en el trabajo ese discurso a gente que me atiende, pero no me entiende.

Reflexiono sobre cuál es el estúpido motivo que me empuja a preparar la cafetera del día siguiente para que esté lista al terminar de ducharme.

Me paro. Pienso.

Los diálogos que mantengo conmigo misma son inconexos, repetitivos y carentes de significado. Me producen una inexplicable ansiedad.

Pensar es bueno, pero debo abstenerme. Lo sé.

Durante este tipo de días todo es absurdo, hasta pensar.

Lo que ayer tenía sentido, hoy carece de él.

Hay que esperar.

Mis conclusiones serán como esas que se obtienen en la irrealidad de la noche, cuando piensas que el mundo duerme.

Hay que pensar durante los días apropiados, sin embargo, no puedo evitarlo.

Durante estos días absurdos distorsionas la realidad, pero una especie de masoquismo me impulsa a seguir desenredando un hilo infinito de ideas incoherentes.

Nado en ideas ilógicas, en conclusiones mojadas de un gris plomizo que se adhiere como el pegamento a mis ideas y del que me resulta difícil desprenderme.

Parece que todo el mundo duerme menos tú.

Aunque la realidad es que ellos están tan despiertos como tú, ocupados en llegar a sus propias y absurdas conclusiones.

Están despiertos viviendo su propio día absurdo.

Lo absurdo es no compartir estos días, para que tu perspectiva y la de los demás, se vuelvan reales.

 

 

Fobia de ciertos hombres a ciertas mujeres

Etiquetas

,

Frightened-Nerd

Hola, ¿podrías prestarme tus apuntes, por favor, que ayer he faltado a clase?

¡No me toques! ¡No te acerques! ¡No quiero nada de ti!

Aquel chico se llevó tal susto ante esta peligrosa y malintencionada pregunta, que después de pegar todo su cuerpo contra la pared más cercana y alzando sus manos, como hacen los futbolistas para demostrar que no han tocado al contrario, salió escaleras abajo dando enormes zancadas.

Mientras ella, entre asombrada y petrificada por aquella reacción tan inesperada como absurda, observaba cómo aquel chico se alejaba de ella con su metro cincuenta y sus kilos de más, los cuales hacían que pareciese una pelota saltarina presa de un ataque de pánico.

Y es que ella, por aquel entonces, aún no había oído hablar de la venustrafobia.

Hay hombres que sufren un miedo injustificado a las mujeres atractivas, a tal punto que llegan a desarrollar una fobia, denominada venustrafobia o caliginefobia.

Este tipo de hombre suele experimentar palpitaciones, temblores, falta de aire y es posible que desarrollen un ataque de pánico. Se sienten intimidados y no saben cómo actuar, ya que creen que deben comportarse de otra forma con este tipo de mujeres.

Por miedo a ser rechazado o a que se rían de ellos, este tipo de hombres “apunta más bajo”, debido a su baja autoestima.

Como muchas otras fobias, su tratamiento consiste en enfrentarse al estímulo que le produce la fobia de forma progresiva, con apoyo de un psicoterapeuta y, en algunos casos, medicamentos utilizando antidepresivos para tratar la ansiedad.

Este tipo de fobias no tiene consecuencias exclusivamente para los varones, ya que hoy en día, y aunque parezca mentira, cada vez crece más la soltería entre las mujeres que son consideradas atractivas. Como consecuencia, cuanto más guapa o atractiva resulta una mujer, más sola se encuentra sentimentalmente y más difícil es para ella encontrar pareja.

Según un estudio realizado por la Universidad de Valencia y la Universidad de Groningen, los niveles de cortisol en sangre de los hombres aumentaban cuando tenían delante a una mujer que consideraban atractiva y descendían, cuando ésta abandonaba la sala. Esta respuesta hormonal provoca un aumento en el estrés, al pensar que debían actuar de una manera distinta para cortejarla.

Y sin embargo, aquella adolescente con su inocente pregunta, aunque ahora ya sabe que se trata de un tipo de fobia que padecen algunos hombres, sigue preguntándose por qué esta patología incide más en unas zonas que en otras de nuestra geografía. Y según su propia experiencia, una de las más afectadas es la Comunidad Gallega.

¿Será a causa del viento o de los percebes?

Insólito despertar

Etiquetas

, , ,

58d8896df77c479707b9d4ab6da1726d

Al abrir los ojos un enorme haz de luz se cuela entre sus pestañas.

Ha ocurrido otra vez. Se despierta desorientada.

Durante los primeros segundos del nuevo día y tras largas horas de un sueño profundo, no puede recordar dónde se encuentra esta vez. No reconoce la habitación.

La sensación de desubicación es demasiado conocida como para tenerla en cuenta.

Esto es lo que suele suceder el primer día. Siempre ocurre.

Cierra de nuevo los ojos e intenta recordar qué ocurrió el día anterior… un avión, gente, un aeropuerto. Ya recuerda. Poco a poco todo va regresando a su mente, pero aún faltan escenas.

Vuelve a abrir los ojos. Es temprano y entra demasiada luz por la ventana. Puede afirmar con certeza que está fuera de España. Está claro. Durante ese mes no es posible que haya tanta claridad a esas horas.

Intenta pensar en un motivo para levantarse y se pregunta qué la ha impulsado esta vez a tomar la decisión de volver a hacer las maletas. Tiene que existir un motivo fuerte.

Aquella oferta de trabajo… ¿o era aquel hombre el que la había arrastrado esta vez? No recuerda. No, no, el hombre no era, era el trabajo. Menos mal, los errores, sólo una vez. Sí, el trabajo. Pagaban muy bien y era interesante. Algo sobre idiomas, traducciones, no está segura… ya recordará. Hay tiempo.

Debe levantarse… pero, qué pereza… no conoce las calles, tendrá volver a utilizar el mapa. Bueno, no está lejos ¿o sí?… Por cierto, ¿en qué idioma tenía que hablar esta vez? No está segura, pero una vez se haya duchado y tomado café, lo sabrá.

Descalza se dirige hacia la ducha, el café de aquella cafetera es malo, pero es café… hay que comprar una cafetera italiana, de las normalitas, de las que sale café, no agua. Es igual, ya lo hará.

Nada más salir a la calle, lo de siempre, ¿izquierda o derecha? Mapa. Vale, ya lo sabe, es a hacia la izquierda.

Las conversaciones de la gente que pasan por su lado le dan una pista sobre el idioma que debe utilizar en esta ocasión. Si no llega a oírlas se habría olvidado de este detalle y sólo se habría concentrado en el arrugado mapa que lleva entre sus manos.

Suspira y mira de nuevo al trozo de papel arrugado y que nunca sabe plegar de nuevo. A ver, el trabajo era… en el centro, no sabe. No logra acordarse. Es por culpa del café, no era fuerte, era agua teñida de algo. Eso es lo que le impide recordar. Antes de llegar a su destino tendría que tomar uno de esos cafés que te ponen a pensar aunque no quieras. Pero no quiere llegar tarde. Debe ser puntual y más el primer día, bueno todos, pero el primero más. Le molesta no acordarse. Es lo de siempre, es el primer día. Todo es nuevo y hay que arañar para hacerse un hueco en esa nueva realidad. Llegar con los ojos medio cerrados y que se abran de pronto y entre tanta luz en tus pupilas, no puede ser sano. Es por eso que no se acuerda.

¡No, no! ¡Sí se acuerda! ¡Acaba de recordarlo todo! ¡No era un trabajo! ¡Eran vacaciones, cinco días de vacaciones!

Tira el mapa mal doblado en una papelera dispuesta a perderse por las calles.

Esta vez procurará no encontrar trabajo, ni enamorarse. No vaya a ser que tenga que quedarse otra vez.

Antes era un fantasma

Etiquetas

, ,

 

fe8827d44905c14ba526e46e3eb120d7

Antes era un fantasma

Recuerdo cuando hace tiempo me resultaba fácil entrar en todas partes, a pesar de ser tan tímida.

La razón era simple: Era un fantasma.

La gente no me veía, ni jamás se percataba de mi presencia. Es más, incluso no oía mi voz, yo misma llegué a pensar que era invisible por alguna razón que desconocía.

Lejos de molestarme, esto me resultaba extremadamente cómodo. Lo que una persona tímida suele pretender es pasar desapercibida y yo lo lograba sin esfuerzo alguno por mi parte.

Mi invisibilidad llegó a su punto álgido en mi adolescencia.

Cuando me acercaba a algún grupo de compañeros para pedirles apuntes, raro era el día en el que alguien del grupo me contestase, ya que no me oían, ni me veían.

Si levantaba la mano en clase para responder a cualquier pregunta que el profesor planteaba, éste no veía mi mano en ninguna ocasión por mucho que yo la agitase. No se puede ver la mano de un fantasma.

Si tenía que leer en alto, se multiplicaban las voces que afirmaban que no me oían, aunque yo me esforzase en lo contrario.

Reconozco que, en algunas ocasiones, resultaba incómodo ser tan invisible porque al no ser vista por nadie, tampoco nadie se acordaba de mí para decirme que había alguna fiesta o que el examen había cambiado de fecha.

A medida que pasaba el tiempo las sospechas sobre mi invisibilidad se fueron incrementando, hasta que un terrible día todo quedó al descubierto debido a la indiscreción de alguien que me puso al corriente de la cantidad de gente que estaba pendiente de mí.

Descubrí con horror que me veían, aunque trataban de que yo pensase que no lo hacían.

Este descubrimiento fue mucho más duro que el día en que me enteré de quienes eran los Reyes Magos.

Desde este aciago momento mi perspectiva del mundo cambió.

Pasé de ser un fantasma a darme cuenta de que todo el mundo era consciente de mi presencia y aquello puso mi mundo al revés.

Entendía de pronto que no era casualidad, por mucho que mirasen hacia el cielo, la razón por la cual las señoras se asomaban a las ventanas de mi barrio a la hora exacta que yo salía del portal de mi casa.

O el motivo por el que mis compañeros sonreían desde sus coches al ver cómo me empapaba, esperando al bus bajo una intensa lluvia.

Como si de un desencadenamiento de descubrimientos de tratase, empecé a ser consciente de los motivos por los que en la peluquería siempre intentaban cortarme el pelo, o me hacían tanto daño cuando me peinaban.

Entendía por fin aquella “broma” en la que esas chicas mayores que yo, me habían colgado durante tanto tiempo por los brazos de aquel balcón del colegio cuando contaba sólo siete años.

Comprendía entonces por qué cuando salían las listas de los exámenes, sólo me enterase de la nota si había suspendido, ya que en caso contrario regresaba a mi estatus de fantasma.

Recuerdo la cantidad de llamadas que recibía a casa sin que nadie contestase al otro lado. Imagino que para comprobar dónde estaba.

Razones de sobra había también para que, a pesar de que tanta gente no me saludase, parasen a mi madre por la calle para preguntarle detalles sobre mi vida.

Y también supe por qué todas las personas que nunca me habían dirigido la palabra, se lanzaron a hablar conmigo para convencerme, vehementemente, de que no abandonase mi ciudad natal y no fuese a estudiar a la Universidad de Salamanca. Creo que nunca me había hablado tanta gente ¡Qué liberación no haberles hecho caso y abandonar todo aquello!

Al fin y al cabo, ¿qué les importaba un fantasma?

Conservo mil y un recuerdos de mi época como fantasma, y ahora que ya he crecido, mi problema es que ya no logro ver a toda esa gente aunque la tenga delante de mis ojos.

Se han convertido en fantasmas.

 

 

 

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 112 seguidores