Los Lunes

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Hoy lunes, he salido de casa dispuesta a empezar otra semana.

Bajaba hacia mi trabajo distraída, pensando lo tranquila que estaba la mañana y que era una pena no disponer de tiempo para tomar café en una terraza bajo los primeros rayos del sol que empezaban a irrumpir en el recién estrenado día.

Mientras caminaba, me cruzaba con “los de primera hora”. Todos recién salidos de la ducha. Ellos con sus trajes, ellas con sus sandalias de rebajas luciendo unas piernas bronceadas. Todos dispuestos a su lucha particular. Nada especial, un lunes cualquiera.

Sin embargo, a medida que me iba fijando en sus caras, notaba ese aire de lunes tan característico.

Sé bien que los lunes son el comienzo de la semana, pero no entiendo bien por qué eso dibuja caras tan largas a todos los que se dirigen a trabajar.

Es verdad que, lo más probable, es que sus trabajos estén mal pagados o que se hayan topado con un jefe inepto, que es lo que hay en general.

La zona por la que voy hacia mi trabajo no es una en la que la gente tenga el tipo de trabajo por el que podrías tirarte por un puente pero, aunque así fuera, llevar esa actitud no arregla mucho.

Y es que sus caras no reflejan depresión a causa de que sea lunes. El problema es que concentran su felicidad en un trozo de sus vidas, bien sea el fin de semana o unos cuantos días de vacaciones. El resto del año toca caminar con cara de perro con malas pulgas. No sé si esta forma de protesta les sirve para mejorar sus vidas. Para mí que no.

En el trabajo, a todos nos pueden esperar problemas muy diversos, es cierto. A mí no, yo ya los llevo puestos de casa. No por ello me cambia la cara, ni en casa ni en la calle. Simplemente, porque llevar cara de enfadada no me arregla nada, sólo me pone más fea. Lo único que puede reflejarse en mi rostro es un día de cansancio o algún dolor molesto. Por lo demás, los días, son días, sin importar demasiado cómo se llamen, lunes, martes o viernes.

Unos, llevas a cabo cosas que te hacen más ilusión, otros, parecen más iguales, pero nunca se sabe si pueden mejorar y siempre se puede esperar que traigan algo que merezca la pena.

La gente tiende a enfadarse, pretende que todo sea bonito, fácil y empaquetado con un lacito.

No hay nada que hacer al respecto porque han sido acostumbrados a eso desde que nacieron. Muchos creen que se les debe todo, otros viven en el pasado recordando continuamente cuando sus padres les facilitaban la vida hasta puntos insospechados y ahora no pueden asimilar que son ellos los que tienen que poner la lavadora.

El único antídoto contra las depresiones de los lunes es vivir durante una temporada por tu cuenta, mejor si es fuera de tu país. A ser posible, marcharse con lo imprescindible, sin que mamá te busque un amiguito para aliviar la soledad del viaje, llegar y buscarte la vida. Andar corto de dinero aún te vacuna más. Y si, además, no sabes explicar en el mismo idioma del farmacéutico, bajo una intensa nevada, que necesitas algo para ese catarro que te ha bajado al pecho y que te impide respirar, pues mucho mejor.

Una vez pasadas situaciones de este calibre o parecidas, sin contar con que mamá te solucione la papeleta, tener trabajo los lunes casi te hace llorar de felicitad.

Tedio en Berlín

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Mi desayuno está encima de la mesa, esperándome.

Casi puedo ver cómo me sonríen todas las cosas que hay encima de la mesa.

Te espero.

Mi café se enfría, como siempre.

Bebo un sorbo sin ti, casi a escondidas, con remordimientos.

Me siento como si hubiese cometido un delito.

Sigo esperando a que aparezcas.

Miro mi taza con el café recién hecho, humeante.

Y sin pretenderlo me doy cuenta de que tú nunca sabes lo que pienso.

Mi mente es todo un misterio para ti.

Siempre pienso.

Y tú no tienes ni idea de lo que pasa por mi mente.

Me aburre esperar.

Estoy enfadada.

Hace mucho tiempo que estoy enfadada, ni lo sabía.

Me cansa enfadarme. Me agota. Llevo tiempo exhausta.

Y tú, tú me aburres.

Ayer no sabía que me aburrías tanto. Tampoco me di cuenta antes de ayer, ni el mes pasado, pero es así.

Ya hace algunos meses el hastío me asedia sin que me haya podido dar cuenta hasta ahora.

Este hecho ha provocado que haya ido cediendo poco a poco, que haya abandonado todas las cosas que me gustaba hacer, que me hacían feliz. Olvidando casi mi existencia, adormecida por tu aburrimiento.

Eres tedioso, monotemático, absurdo y sin sentido del humor.

No puedo vivir sin mar ni sin sentido del humor, por eso no me daba cuenta de que me estaba muriendo inmersa en tu aburrimiento diario.

Cuando quieres decir algo gracioso, me avisas, para que me ría. No hay nada más deprimente.

Eres así porque tu mente es estrecha, por eso miras con esos ojos vacíos. Tu mente está siempre en un lugar lejano.

Ojos que miran sin ver.

Te has convertido en un experto en perderte la vida. Te lo pierdes todo. Porque vas en busca de algo tan grande, como inexistente. Dejando pasar los momentos pequeños que es donde en realidad se encuentra la belleza de vivir.

Antes pensaba que yo estaba enferma. Reprimía mis risas porque tú no las entendías. Ignoraba que el enfermo eras tú.

Las personas inteligentes no necesitan comer mirando fijamente al plato mientras se pierden cómo pasa la vida a su alrededor.  En el plato no hay nada interesante, sólo comida. Esa actitud sólo la adoptan los estúpidos, los estúpidos como tú.

Odio cómo saboreas las cosas con el único fin de manifestar tu veredicto sobre lo que comes. Odio tu concentración mientras masticas, porque se nota que todos tus sentidos se concentran en una sola cosa: la comida. No puedes mantener una conversación al mismo tiempo. Tu mente no da para eso.

Cuando terminas y dictaminas si todo estaba en su punto y opinas durante media hora sobre la sal, después retomas el tema de siempre, tu monotema, en el que no avanzas, por mucho que pienses.  Uno no puede hacerse rico sin trabajar y menos si se es un estúpido, por muchas vueltas que le des.

Eres triste porque casi te hace llorar que una camisa no tenga arrugas. Deberías llorar si al verte, no al mirar una camisa.

Tu interior es lo más feo, lo peor. Lo que no se ve bajo tu aspecto inmaculado. Necesito imperfección para vislumbrar inteligencia.

Tú me produces hastío.

Por no romper la magia del silencio, rellenas sin decir nada. A veces, hasta con esos estúpidos sonidos guturales que se parecen a los que hacen las palomas en su palomar. Lo importante es rellenar el precioso silencio. Quizá evites pensar. No, no, perdona, no recordaba que no eras capaz de tales excesos.

Tu lenguaje es el de la nada, no dices nada por mucho que hables.

Cuando hablas, cuando gesticulas, esparces tu vacío y lo contaminas todo.

Hasta hoy no me había dado cuenta de que ésta era la razón por la que se morían las plantas. Estaban hartas de tu incesante monólogo, se les caían las hojas y se secaban.

Consideras importante colocar los cubiertos siempre en la misma posición y a los mismos centímetros del plato. Todo tiene que estar igual que el día anterior. Debí haberlos comprado de plástico en el supermercado para ver si te suicidabas. Probablemente ni así lo hubiese conseguido, te hubieses refugiado en el cuarto de la plancha para consolarte admirando tus camisas recién planchadas.

“¡Hagamos una locura!” gritaste un día, y tiraste un trapo de cocina que tenía un agujero, cuando para ti, lo sensato hubiera sido coserlo.

Compras uvas para adornar la mesa. Hay que tener cosas frescas en casa. Las uvas son tan perfectas, tan brillantes, tan enceradas, que no me atrevo a morderlas por si se me cae un diente. Nunca me ha ido el plástico. Pero hay que tenerlas para amortiguar la culpabilidad que te produce estar todo el día tomando golosinas. Esas que escondes por todos los cajones y que tomas en cuanto abro la ducha. Por eso, te cuesta tanto trabajo disfrutar de la comida, porque estás hinchado a golosinas. Todo lo haces a hurtadillas, eso es lo malo. Pero te sientes mejor cuando puedes mirar cómo brillan tus frescas uvas de cera.

Cierras las ventanas cuando llueve para que no se muevan las cortinas, para que no se mueva nada, para seguir viviendo enclaustrado, sin aire.

También cierras las ventanas cuando hace sol y si tienes que salir te embadurnas de un cemento químico por todas partes, para que ningún rayo ose rozar tu piel enferma a causa de tanta protección. Pareces de cera.

No sé por qué te espero sin desayunar.

Hace demasiado que te espero sin saber por qué y hace aún más tiempo que me aburres.

Hoy desayunaré sola. Siempre me ha encantado, pero también lo había olvidado. Lo haré hoy y todos los días del resto de mi vida sin ti.

Sin duda esta mañana el café me sabe mucho mejor que ayer.

El lector

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Ferdinand Hodler

Ferdinand Hodler

Hoy he vuelto a tropezarme con el anciano de ojos burlones que trabajó, desde que recuerda, en el gris anonimato de una oficina cualquiera.

Mi anciano amigo, ya jubilado, pasea por las calles en busca del único amigo con el que puede hablar. Se reúnen dos veces a la semana para darse consejos sobre libros y películas. No conversa con nadie más que con él y, de tarde en tarde, conmigo.

Ávido lector desde su niñez, volcado en los libros de la biblioteca de sus padres con pasión incontrolada, afirma, inseguro, que quizá le guste tanto leer porque lleva toda la vida leyendo mal.

Según él mismo cuenta no es capaz de entonar bien lo que lee cuando tiene que hacerlo en voz alta para otros y piensa que, quizá, cuando lee para él mismo, lo hace con tal rapidez que no se para en ningún signo de puntuación. Como si un conductor de vasta experiencia dijese que no presta la más mínima atención a las señales de tráfico.

Y por esta extraña costumbre de leer sin pausa para sí, piensa que interpreta los libros a su manera. Cree que para él tienen otro significado que ni el autor, ni los lectores son capaces de ver porque no “leen tan mal como él”.

Un lector tan ávido, jamás ha osado escribir una sola línea, porque al compararse con Sófocles, Aristóteles, Ovidio, Dante, Ezra Pound, Garcilaso, Shakespeare, Cervantes Lope, Tirso, Calderón, Stendhal, Balzac Hemingway, Faulkner, Passos, Scott Fitgerald, Cela, Sartre, Camus, Verne, Proust, Pushkin, Dostoievski, Turgueniev, Tolstói, Chéjov, Pérez Galdós, Pardo Bazán. Clarín, Unamuno, Charles Bukowski, Walt Whitman, Henry Miller, Kerouac, James Joyce, Kafka, Yeats, Keats, Dylan Thomas, Borges, Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez, Aleixandre y un sinfín de autores más, se paraliza.

Habla perdiendo el hilo y enlazando un tema con otro, relacionando libros con cine, ópera o ballet. Mezclando palabras que pugnan por salir de su boca a borbotones.

Sin embargo, no por ello deja de hablar con mesura, despacio, meditando, buscando las palabras exactas. Me gusta escucharlo. Y a él no le importa que intercale preguntas u opiniones. Quizá por su avanzada edad sabe que escuchar es importante.

La gente lo define como un hombre raro. No lo entienden. Él confiesa que, cuando habla con estas personas, suele echar mano de temas como el tiempo o el estado de las carreteras.

Los raros nunca han sido aburridos. Se distinguen por esa mirada que delata que hay algo más que el simple color de sus ojos. Ese destello que sólo algunos captan. Son personas que hablan susurrando.

Gente que, por su cultura, es más consciente de sus inseguridades y piensa que encaja tan poco con el mundo, que cree que ni siquiera lee bien los signos de puntuación.

 

Mis estrategias de marketing

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Hay gente que se aburre mucho y sienten curiosidad por las conversaciones ajenas. No se lo reprocho.

Se trata de ese tipo de personas que se pega a tu mesa aunque el local entero se encuentre totalmente vacío.

Suelen ser individuos de mirada perdida, que parecen estar absortos en asuntos de trascendencia. No es así, pues por mucho que miren al infinito y sus cuerpos inmóviles emulen a las estatuas, lo que en realidad hacen es escuchar conversaciones ajenas.

La verdad es que pocas veces me doy cuenta de este tipo de espionaje. Sin embargo, cuando lo descubro, me resulta imposible continuar conversando. Siento un pudor infinito al saber que alguien escucha lo que estoy diciendo, aunque esté hablando del asunto más frívolo de la tierra. Es privado, me incumbe a mí y la persona que me acompaña.

En principio procuro no darle importancia y me lo tomo a broma. Intento coger desprevenido al espía y suelto frases como: “Y ahora interrumpimos unos segundos la charla para acercarnos a ver las novedades del Corte Inglés que está trayendo unos colores fantásticos para esta primavera”. Con ello intento que se den por aludidos y a veces lo consigo, por lo menos se sorprenden.

Pueden darse dos tipos de reacciones: que el espía se ofenda y se vaya; o peor, que se muestre aún más interesado por si paso a hablar de otro tipo de oferta.

Estar en compañía de una persona y no poder hablar es un verdadero rollo, por lo que pruebo otras estratagemas. Invento una forma de conseguir que flaquee en su impertérrita postura y se delate.

¿Cómo? Una de las maneras más efectivas, para lograr que alguien te mire, es hablar sobre ella con descaro y de forma impertinente. Ya que no te escucha, tampoco puede reaccionar. Puedo, por tanto, hablar sin pudor sobre esa gente que se dedica a escuchar conversaciones ajenas; opinar sobre su corte de pelo, su ropa, lo que se me ocurra pero que moleste. Si tengo suerte, reacciona, me mira con espanto, yo sonrío, se levanta y se va. Asunto resuelto.

Y no sólo me molesta que me espíen cuando mantengo una conversación privada, hay otro tipo de situaciones que me sacan de quicio.

Algunas veces al entrar en una tienda, me acerco a una prenda o algo que me gusta y cometo el craso error de manifestarlo en voz alta. Aquí empiezan mis problemas. Si hay alguien cerca suele abalanzarse sobre mí para arrancarme lo que sea de las manos a codazos y hasta a dentelladas. Ocurre lo mismo con los grupos. En este caso, se forma un enjambre que intenta por todos los medios que suelte la prenda o el objeto en cuestión.

Siempre he pensado que sería una crack del marketing, pues lo que toco, se vende. Es igual en qué tipo de tienda me halle, alimentación, muebles, ropa, zapatos, si ven que estoy interesada, se vende.

Si este tipo de situaciones ocurren yendo acompañada por mi madre, la cosa empeora mucho. Ella suele tener por costumbre describir con infinito detalle y manera exhaustiva, los pros y los contras del artículo, con una precisión tal, que convence de su buen o mal uso a todo el que se encuentre cerca. La reacción del público es, en este caso, mucho más agresiva.

Después de años de observar este tipo de conductas a mi alrededor, pensaréis que estoy loca, he desarrollado una técnica de distracción que consiste en ir corriendo hacia el peor artículo que vea y, en el preciso momento en que observo que el grupo se dirige corriendo hacia mí con intención de arrebatármelo, ejecuto un rápido giro hacia la prenda u objeto en el que realmente estoy interesada y con un raudo e imperceptible movimiento, me llevo el objeto deseado antes de que los demás tengan tiempo a reaccionar.

Sé que contado así parece una locura, pero me ocurre constantemente y en todas partes.

Es cierto que todos nosotros podemos escuchar casualmente conversaciones por la calle o en cafeterías. También es una reacción normal, que la gente se sienta atraída por las cosas que otros quieren. Según he oído, constituye una conocida estrategia de marketing decir frases como: “Ahora todo el mundo se está comprando…” Y va y lo compran. Sin embargo, para mí, cierto tipo de comportamientos se hallan fuera de toda lógica.

En fin, si algún gran empresario que quiera incrementar sus ventas o si algún programa de radio tiene problemas de audiencia, que se pongan en contacto conmigo y subirán como la espuma :)

El poeta

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Su rostro sin gesto y su voz rasgada, lo delatan.

No le gusta lo que ve, pero sonríe cansado de intentar cambiar el sistema desde dentro.

Sabe que él es el último pasajero de aquella época en la que los sueños, no sólo estaban permitidos, sino que eran posibles.

Su alma demasiado nítida habla a través de la mirada, dulce y profunda, del que se comunica sin mover los labios.

Ha perdido los teléfonos de todos los que estuvieron una vez en su vida. Y ahora se pasea con las manos en los bolsillos vacíos buscando algo que nunca termina por encontrar.

Los espejos reflejan mentiras, por eso prescinde de ellos.

Su ruinosa poesía es un discurso inacabado que abre un abismo en la mente.

Exhibe con descaro trozos de su vida, retazos de su mundo.

Vive de música, poemas, besos y charlas a última hora de la tarde, pues al abandonar sus poemas se da cuenta de que viven en las calles.

Crea poemas y canciones sin pausa, lo hace sin levantar la voz, acompañado de esa calma que poseen las personas que lo han vivido todo.

Sabe en todo momento que los minutos se suceden, siendo consciente de la hora, pero no por eso abandona.

Escribe y escribe poemas que nadie entiende y sonríe pensando en el día en que sean meridianamente claros para todos. Sabe que ese día llegará.

Su voz inalterable, su paciencia, su constancia, su determinación y su risa intacta se tocan sin mirarse.

Y mientras soporta aplausos carentes de significado, aunque cargados de afecto, observa cómo la tela comienza a rasgarse.

Pues no piensa morirse hasta el día en que todos entiendan lo que con ahínco escribe, lo que sus poemas gritan y lo que su voz calla.

Y ese día podrá cerrar los ojos, contemplando su obra, que dejará de ser un concepto absurdo de palabras hiladas, tras noches en vela, para ser entendido.

Un sueño que lleva toda su vida persiguiendo.

Un día absurdo

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Hoy es un día cualquiera.

Ocurren muchas cosas, pero no pasa nada, nada que me despierte.

Estoy dormida.

Ejecuto mil tareas con la única idea de terminar el día.

Y en medio de la nada que me rodea ese día, cometo el error de pararme a pensar.

Me pregunto por qué repito de nuevo en el trabajo ese discurso a gente que me atiende, pero no me entiende.

Reflexiono sobre cuál es el estúpido motivo que me empuja a preparar la cafetera del día siguiente para que esté lista al terminar de ducharme.

Me paro. Pienso.

Los diálogos que mantengo conmigo misma son inconexos, repetitivos y carentes de significado. Me producen una inexplicable ansiedad.

Pensar es bueno, pero debo abstenerme. Lo sé.

Durante este tipo de días todo es absurdo, hasta pensar.

Lo que ayer tenía sentido, hoy carece de él.

Hay que esperar.

Mis conclusiones serán como esas que se obtienen en la irrealidad de la noche, cuando piensas que el mundo duerme.

Hay que pensar durante los días apropiados, sin embargo, no puedo evitarlo.

Durante estos días absurdos distorsionas la realidad, pero una especie de masoquismo me impulsa a seguir desenredando un hilo infinito de ideas incoherentes.

Nado en ideas ilógicas, en conclusiones mojadas de un gris plomizo que se adhiere como el pegamento a mis ideas y del que me resulta difícil desprenderme.

Parece que todo el mundo duerme menos tú.

Aunque la realidad es que ellos están tan despiertos como tú, ocupados en llegar a sus propias y absurdas conclusiones.

Están despiertos viviendo su propio día absurdo.

Lo absurdo es no compartir estos días, para que tu perspectiva y la de los demás, se vuelvan reales.

 

 

Fobia de ciertos hombres a ciertas mujeres

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Hola, ¿podrías prestarme tus apuntes, por favor, que ayer he faltado a clase?

¡No me toques! ¡No te acerques! ¡No quiero nada de ti!

Aquel chico se llevó tal susto ante esta peligrosa y malintencionada pregunta, que después de pegar todo su cuerpo contra la pared más cercana y alzando sus manos, como hacen los futbolistas para demostrar que no han tocado al contrario, salió escaleras abajo dando enormes zancadas.

Mientras ella, entre asombrada y petrificada por aquella reacción tan inesperada como absurda, observaba cómo aquel chico se alejaba de ella con su metro cincuenta y sus kilos de más, los cuales hacían que pareciese una pelota saltarina presa de un ataque de pánico.

Y es que ella, por aquel entonces, aún no había oído hablar de la venustrafobia.

Hay hombres que sufren un miedo injustificado a las mujeres atractivas, a tal punto que llegan a desarrollar una fobia, denominada venustrafobia o caliginefobia.

Este tipo de hombre suele experimentar palpitaciones, temblores, falta de aire y es posible que desarrollen un ataque de pánico. Se sienten intimidados y no saben cómo actuar, ya que creen que deben comportarse de otra forma con este tipo de mujeres.

Por miedo a ser rechazado o a que se rían de ellos, este tipo de hombres “apunta más bajo”, debido a su baja autoestima.

Como muchas otras fobias, su tratamiento consiste en enfrentarse al estímulo que le produce la fobia de forma progresiva, con apoyo de un psicoterapeuta y, en algunos casos, medicamentos utilizando antidepresivos para tratar la ansiedad.

Este tipo de fobias no tiene consecuencias exclusivamente para los varones, ya que hoy en día, y aunque parezca mentira, cada vez crece más la soltería entre las mujeres que son consideradas atractivas. Como consecuencia, cuanto más guapa o atractiva resulta una mujer, más sola se encuentra sentimentalmente y más difícil es para ella encontrar pareja.

Según un estudio realizado por la Universidad de Valencia y la Universidad de Groningen, los niveles de cortisol en sangre de los hombres aumentaban cuando tenían delante a una mujer que consideraban atractiva y descendían, cuando ésta abandonaba la sala. Esta respuesta hormonal provoca un aumento en el estrés, al pensar que debían actuar de una manera distinta para cortejarla.

Y sin embargo, aquella adolescente con su inocente pregunta, aunque ahora ya sabe que se trata de un tipo de fobia que padecen algunos hombres, sigue preguntándose por qué esta patología incide más en unas zonas que en otras de nuestra geografía. Y según su propia experiencia, una de las más afectadas es la Comunidad Gallega.

¿Será a causa del viento o de los percebes?

Insólito despertar

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Al abrir los ojos un enorme haz de luz se cuela entre sus pestañas.

Ha ocurrido otra vez. Se despierta desorientada.

Durante los primeros segundos del nuevo día y tras largas horas de un sueño profundo, no puede recordar dónde se encuentra esta vez. No reconoce la habitación.

La sensación de desubicación es demasiado conocida como para tenerla en cuenta.

Esto es lo que suele suceder el primer día. Siempre ocurre.

Cierra de nuevo los ojos e intenta recordar qué ocurrió el día anterior… un avión, gente, un aeropuerto. Ya recuerda. Poco a poco todo va regresando a su mente, pero aún faltan escenas.

Vuelve a abrir los ojos. Es temprano y entra demasiada luz por la ventana. Puede afirmar con certeza que está fuera de España. Está claro. Durante ese mes no es posible que haya tanta claridad a esas horas.

Intenta pensar en un motivo para levantarse y se pregunta qué la ha impulsado esta vez a tomar la decisión de volver a hacer las maletas. Tiene que existir un motivo fuerte.

Aquella oferta de trabajo… ¿o era aquel hombre el que la había arrastrado esta vez? No recuerda. No, no, el hombre no era, era el trabajo. Menos mal, los errores, sólo una vez. Sí, el trabajo. Pagaban muy bien y era interesante. Algo sobre idiomas, traducciones, no está segura… ya recordará. Hay tiempo.

Debe levantarse… pero, qué pereza… no conoce las calles, tendrá volver a utilizar el mapa. Bueno, no está lejos ¿o sí?… Por cierto, ¿en qué idioma tenía que hablar esta vez? No está segura, pero una vez se haya duchado y tomado café, lo sabrá.

Descalza se dirige hacia la ducha, el café de aquella cafetera es malo, pero es café… hay que comprar una cafetera italiana, de las normalitas, de las que sale café, no agua. Es igual, ya lo hará.

Nada más salir a la calle, lo de siempre, ¿izquierda o derecha? Mapa. Vale, ya lo sabe, es a hacia la izquierda.

Las conversaciones de la gente que pasan por su lado le dan una pista sobre el idioma que debe utilizar en esta ocasión. Si no llega a oírlas se habría olvidado de este detalle y sólo se habría concentrado en el arrugado mapa que lleva entre sus manos.

Suspira y mira de nuevo al trozo de papel arrugado y que nunca sabe plegar de nuevo. A ver, el trabajo era… en el centro, no sabe. No logra acordarse. Es por culpa del café, no era fuerte, era agua teñida de algo. Eso es lo que le impide recordar. Antes de llegar a su destino tendría que tomar uno de esos cafés que te ponen a pensar aunque no quieras. Pero no quiere llegar tarde. Debe ser puntual y más el primer día, bueno todos, pero el primero más. Le molesta no acordarse. Es lo de siempre, es el primer día. Todo es nuevo y hay que arañar para hacerse un hueco en esa nueva realidad. Llegar con los ojos medio cerrados y que se abran de pronto y entre tanta luz en tus pupilas, no puede ser sano. Es por eso que no se acuerda.

¡No, no! ¡Sí se acuerda! ¡Acaba de recordarlo todo! ¡No era un trabajo! ¡Eran vacaciones, cinco días de vacaciones!

Tira el mapa mal doblado en una papelera dispuesta a perderse por las calles.

Esta vez procurará no encontrar trabajo, ni enamorarse. No vaya a ser que tenga que quedarse otra vez.

Antes era un fantasma

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Antes era un fantasma

Recuerdo cuando hace tiempo me resultaba fácil entrar en todas partes, a pesar de ser tan tímida.

La razón era simple: Era un fantasma.

La gente no me veía, ni jamás se percataba de mi presencia. Es más, incluso no oía mi voz, yo misma llegué a pensar que era invisible por alguna razón que desconocía.

Lejos de molestarme, esto me resultaba extremadamente cómodo. Lo que una persona tímida suele pretender es pasar desapercibida y yo lo lograba sin esfuerzo alguno por mi parte.

Mi invisibilidad llegó a su punto álgido en mi adolescencia.

Cuando me acercaba a algún grupo de compañeros para pedirles apuntes, raro era el día en el que alguien del grupo me contestase, ya que no me oían, ni me veían.

Si levantaba la mano en clase para responder a cualquier pregunta que el profesor planteaba, éste no veía mi mano en ninguna ocasión por mucho que yo la agitase. No se puede ver la mano de un fantasma.

Si tenía que leer en alto, se multiplicaban las voces que afirmaban que no me oían, aunque yo me esforzase en lo contrario.

Reconozco que, en algunas ocasiones, resultaba incómodo ser tan invisible porque al no ser vista por nadie, tampoco nadie se acordaba de mí para decirme que había alguna fiesta o que el examen había cambiado de fecha.

A medida que pasaba el tiempo las sospechas sobre mi invisibilidad se fueron incrementando, hasta que un terrible día todo quedó al descubierto debido a la indiscreción de alguien que me puso al corriente de la cantidad de gente que estaba pendiente de mí.

Descubrí con horror que me veían, aunque trataban de que yo pensase que no lo hacían.

Este descubrimiento fue mucho más duro que el día en que me enteré de quienes eran los Reyes Magos.

Desde este aciago momento mi perspectiva del mundo cambió.

Pasé de ser un fantasma a darme cuenta de que todo el mundo era consciente de mi presencia y aquello puso mi mundo al revés.

Entendía de pronto que no era casualidad, por mucho que mirasen hacia el cielo, la razón por la cual las señoras se asomaban a las ventanas de mi barrio a la hora exacta que yo salía del portal de mi casa.

O el motivo por el que mis compañeros sonreían desde sus coches al ver cómo me empapaba, esperando al bus bajo una intensa lluvia.

Como si de un desencadenamiento de descubrimientos de tratase, empecé a ser consciente de los motivos por los que en la peluquería siempre intentaban cortarme el pelo, o me hacían tanto daño cuando me peinaban.

Entendía por fin aquella “broma” en la que esas chicas mayores que yo, me habían colgado durante tanto tiempo por los brazos de aquel balcón del colegio cuando contaba sólo siete años.

Comprendía entonces por qué cuando salían las listas de los exámenes, sólo me enterase de la nota si había suspendido, ya que en caso contrario regresaba a mi estatus de fantasma.

Recuerdo la cantidad de llamadas que recibía a casa sin que nadie contestase al otro lado. Imagino que para comprobar dónde estaba.

Razones de sobra había también para que, a pesar de que tanta gente no me saludase, parasen a mi madre por la calle para preguntarle detalles sobre mi vida.

Y también supe por qué todas las personas que nunca me habían dirigido la palabra, se lanzaron a hablar conmigo para convencerme, vehementemente, de que no abandonase mi ciudad natal y no fuese a estudiar a la Universidad de Salamanca. Creo que nunca me había hablado tanta gente ¡Qué liberación no haberles hecho caso y abandonar todo aquello!

Al fin y al cabo, ¿qué les importaba un fantasma?

Conservo mil y un recuerdos de mi época como fantasma, y ahora que ya he crecido, mi problema es que ya no logro ver a toda esa gente aunque la tenga delante de mis ojos.

Se han convertido en fantasmas.

 

 

 

Cuerdos y locos

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Se encontraba perdido en una realidad anodina que le indujo a creer cuentos que llegó a utilizar para prolongar su existencia.

Se ahogaba perdido entre una multitud de gente toda igual con lo que su aislamiento aumentaba.

Se sentía atrapado en una vida insulsa girando de forma incesante en busca de pequeños y vulgares placeres.

Hablaba sin hablar, ya que sus palabras eran prestadas.

Oía sin oír, ya que las conversaciones no lograban captar su atención.

Y escondía la cabeza entre historias de vidas que llegó a pensar eran la suya propia.

Su vida eran los libros.

Noche tras noche al llegar del trabajo hundía su cabeza en ellos, acompañado por una botella tan solitaria como él.

Hasta que un día despertó creyendo que él era el protagonista de las interminables historias que leía.

Y comenzó a hablar según lo que la ficción dictase en su cabeza, volviendo a ser dueño de sus palabras. Incluso inventado sus propios términos.

Nadie entendía de qué hablaba porque se dirigía a los personajes que habían salido de la ficción para formar parte de su realidad.

Ellos contaban historias llenas de magia, que sí merecían ser escuchadas.

Y así fue como lo tildaron de loco.

En su locura inventaba su vida cada día y, de esta manera, no había día igual al anterior.

Creó su propio mundo en el que todo era aventura.

Una vida en la que él decidía y que se atenía a las normas que él mismo se imponía.

Los demás continuaron en sus oficinas, repitiendo día tras día lo que habían hecho el anterior, perdidos en una desvaída realidad, vagando sin sentido.

Hordas de personas viviendo sin vivir, sin hablar, sin escuchar.

Todos locos su juicio.

El cuerdo siguió viviendo rodeado del resto del mundo, un mundo de locos.

 

Mejor sin instrucciones

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Nunca he creído que fuese buena idea leer las instrucciones de los medicamentos antes de tomarlos y, mucho menos, cuando el dolor trastorna todos tus sentidos.

Cuando un médico te receta alguna medicina debes confiar, sólo que yo tengo la mala costumbre de no confiar y las leo, lo cual es perjudicial.

A causa de esta estúpida costumbre me informo de todos los efectos secundarios de lo que voy a tomar. Éstos suelen ser de tal calibre, que termino valorando si será mejor que no tome nada para evitar acabar peor.

Sin embargo, dadas las características del dolor en cuestión, esta vez esa opción no era posible.

Acosada por un agudo dolor, causado por una contractura muscular que decidió acompañarme, por si me sentía sola, durante toda la semana pasada, me acerqué al médico, sin apenas poder disimular el dolor.

El galeno me recetó lo normal, un antinflamatorio y un analgésico.

Ya en casa, sin poder permanecer en una sola postura a causa de los nervios que provocaba aquella cosa afincada en un lado de mi espalda, que además osaba irradiar hacia otras zonas para mayor incordio, me dispuse a leer si se tomaba con las comidas o fuera de ellas.

A pesar de no poder apenas esperar a comenzar con el tratamiento, desplegué como pude el papelito, minuciosamente doblado, para leerlo.

Una mala costumbre que debo abandonar, pues todos te advierten de una serie infinita de consecuencias, tales como espasmos, temblores musculares, picor de la piel, erupciones cutáneas, sensaciones de que todo da vueltas, ictus, hematomas o manchas en la piel, náuseas o vómitos, hinchazones varias, temblores o convulsiones y un largo etcétera.

Levanté la vista después de leer la retahíla de trastornos que el medicamento podía ejercer en mi cuerpo y pensé que podrían resumirse diciendo que sus efectos podían convertirte en un zombi que echa espuma por la boca, oye sonidos extraños, camina con un hombro encogido por los espasmos, tiene la piel llena de pústulas y que se encuentra fatal.

En este estado, que imagino debe de ser muy molesto, te pueden entrar ganas de ir matando a la gente por ahí. No por el hecho de matar, sino por pura envidia de ver a los demás tan sanotes caminado como si nada.

En resumen, que si te ponías así de mal, dejases de tomarlo. Esto ya le sobraba a las dichosas instrucciones.

Por otro lado, el dolor te altera de tal forma que ni entiendes lo que ves. Recuerdo haberme enfadado bastante al leer: “Ningún amante durante el tratamiento”. Aquello era mucho, en primer lugar no podía adoptar ninguna postura durante más de cinco segundos seguidos, pero además, ¿Quién les daba permiso para meterse en mi vida privada? Doblada de dolor, con las manos temblorosas sujetando el prospecto releí el inocente párrafo que decía: “No amamante durante el tratamiento” Reconozco que me quedé más tranquila, porque no pensaba hacer cosa semejante.

Aunque creo que el mayor golpe que recibí fue cuando leí que comenzase a tomar las pastillas en las cenas y desayunos, ya que apenas eran las tres.

Pasé la tarde retorciéndome de dolor y dando vueltas, mirando de reojo cualquier aparato que marcase la hora, esperando a que llegase el momento de cenar ¡Y menos mal que ceno temprano!

Cualquier persona más relajada que yo, en esta situación, se hubiera tomado la pastilla al salir de la farmacia.

Francamente, soy idiota.

El adoctrinamiento

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libertad-de-expresionMe sorprende que en una sociedad que ha luchado tanto por vivir en libertad y democracia, casi nadie se atreva a desviarse de los senderos previamente trazados.

Prácticamente no existe ningún medio de comunicación que no se exprese bajo consignas, que se aburran a sí mismos, por no mencionar a nosotros los ciudadanos.

Y los periodistas ejercen de siervos incapaces de poder ejercer su profesión con libertad para no engrosar las listas del paro.

El panorama actual se encuentra dibujado por caminos invisibles de los que es difícil escabullirse sin salir perjudicado de una u otra manera. El simple hecho de expresar nuestra opinión con libertad puede ser duramente castigado.

Una libertad tan básica como es pensar por nuestra cuenta, se nos ha ido negando con el paso del tiempo.

Seas de un color u otro, siempre has de expresarte bajo los mismos términos sin salirte del guión de la secta a la que pertenezcas.

Pero, ¿qué ocurre si estás de acuerdo con las ideas de un grupo y, al tiempo, lo estás también con algunas de las del grupo de enfrente?

¿Por qué hemos de decantarnos por el blanco o el negro?

Desde mi punto de vista, se han ido creando habitáculos cerrados. Matando la libertad de las personas como seres individuales.

Si no perteneces a uno o a otro estás fuera y, si estás fuera, estás solo.

Si contemplamos esto desde la perspectiva de la Psicología estaríamos hablando de un tipo de movimiento que se caracteriza por la adscripción de personas totalmente dependientes de las ideas de un dirigente o varios, que los adoctrina. Es decir, una secta.

Este tipo de pensamiento es radicalmente opuesto a la libertad individual como el más alto valor social e impide el derecho a disentir.

Sin apenas percatarnos escuchamos a diario frases que se repiten como una especie de gota incesante que cae sobre nuestros pensamientos y los va minando.

En este caso, el bando del que provengan no es importante, pero sí lo es que este persistente adoctrinamiento nos llegue a impedir pensar, desarrollar y razonar pensamientos por nuestra cuenta. Este mantra consiste en consignas, que la mayoría no asimila, pero repite y a causa de esta repetición, da como válidas.

Si me niego a leer periódicos por el simple hecho de que tengan un color político u otro, me privo de exponerme a diferentes perspectivas. Si siempre leo o escucho lo que quiero oír, estoy cerrándome a escuchar otro tipo de opiniones con las que podría estar de acuerdo o no. Para ser capaz de opinar con argumentos sólidos debo abrir todos los canales de comunicación que formen mis teorías.

Tampoco por pertenecer a un grupo debo estar de acuerdo con todas y cada una de las ideas de ese grupo.

Es necesario defender que cada ser humano es dueño de sí mismo y que, en consecuencia, tiene total soberanía sobre su cuerpo y su pensamiento. Desde el momento en que nos negamos a ver otro tipo de perspectivas estamos dejando que merme nuestra percepción de la realidad y que disminuya nuestra flexibilidad mental. Estamos siendo adoctrinados.

Hoy en día se afirma que vivimos en una democracia, pero cada día que pasa me asaltan más dudas sobre si ésta forma parte de una falacia repetida hasta la saciedad. Cada día veo a una sociedad más sometida por la presión social y a la que se le impide expresarse en libertad, como si de un acuerdo tácito se tratase.

Esta presión social provoca el miedo a quedarse sin empleo,  sentirse excluido o rechazado y hace que la gente actúe de una determinada manera.

Estamos ante lo que hemos denominado “lo políticamente correcto”. Si vives en una sociedad que cada vez canaliza más sus fuerzas hacia este sometimiento es muy difícil que el individuo se rebele contra la presión de los diversos grupos. Por este motivo, pocas personas logran resistirse y otras, llevan ya tantos años bajo este tipo de influencias que ni se dan cuenta de que no desarrollan pensamientos propios sino que repiten de forma automática lo que su “secta”, “grupo”, “color” o “partido” les ha dictado durante generaciones.

Y no nos engañemos, todos estos grupos de presión que llevan dirigiendo a la mayoría durante años, tienen siempre una intención.

Cada día asistimos a una representación teatral, cada día estamos más desilusionados y somos más conformistas. Disentir siempre ha sido tarea ardua.

Y sin embargo, yo sigo creyendo en la gente y cuando empiezo a perder la fe en el libre pensamiento y en la libertad individual, recuerdo grandes tragedias, como la del choque de ese tren en Angrois, Galicia, en la que nadie preguntaba el color de nadie o a qué grupo pertenecía, simplemente ayudaban unidos por una causa común.

Así tendría que ser, en lugar seguir permitiendo que se genere odio y que se enfrente a la gente. Y este odio tiene como única finalidad que, siempre los mismos, sigan pasándose el testigo a través de los años. Y por ende, que no tengan la mínima intención de trabajar por el bien común.

Creo que ya les hemos regalado suficientes años.

 

Mi estúpida obediencia

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La primera vez que me embarcaron en un avión hacia otro país fue un verano cualquiera.

Contaba trece años, era hija única y en mi casa intentaban darme un baño repentino de independencia.

Ya en el avión hacia el Reino Unido, aquel asunto, no prometía en absoluto.

Yo ya nací agobiada, y así permanezco, con lo que cualquier pequeña situación que me provoque estrés, me produce dolor de cabeza. He llegado a sospechar que mis padres habían pagado extra para que mi aprendizaje comenzase de manera más brusca, puesto que sufrí uno de los vuelos más accidentados de mi vida. Bolsas de aire caliente que hicieron descender al avión varios metros en unos segundos, un despegue muy extraño y algún susto que otro en pleno vuelo. Ahí empecé a hablar de tú a tú con mi adrenalina y debo decir que, hoy en día, ya nos entendemos bastante bien.

Sin embargo, aquello no iba a amedrentarme. Había decidido afrontar aquello con valentía y hasta el final. Así lo hice pues.

Recién aterrizada en Londres nos metieron a todos en un autobús hacia nuestra ciudad de destino, en el sur de la Isla.

Durante el viaje intentaba concentrarme en todas las recomendaciones maternas y en algún salvavidas que mamá me había regalado en caso de apuro… “Un mes no es nada, son sólo cuatro semanas”. Reconozco que a mí, lo de contar por semanas me sonaba mucho mejor, puesto que tan sólo habían transcurrido unas horas y me habían parecido días. Empezaba a pensar que aquello de entrenar mi independencia era una broma de mal gusto y que esa noche dormiría de nuevo en mi cama. Por supuesto, no fue así.

Nada más llegar nos distribuyeron en nuestras respectivas familias, mientras mis compañeros de viaje lloraban desconsolados gritando el nombre de sus padres.

Muchos regresaron a España al día siguiente, otros a los tres días y sólo algunos nos quedamos todo el mes. No voy a decir los valientes, sino los obedientes.

Era sobre las nueve de la noche cuando llegué muerta de cansancio y con el dolor de cabeza multiplicado por tres, a lo que se suponía iba a ser mi nuevo hogar. Mi madre postiza y su hija, tan única como yo, me recibieron ofreciéndome un trozo de pastel y un té caliente.

Como yo era una nena tan obediente, lo rechacé amablemente siguiendo la recomendación de mi madre de “no comer nada antes de cenar”. Debería haber añadido “sólo en España”. En el Reino Unido después de las nueve no había más que irse a dormir.

Durante los días posteriores comprendí que la última comida del día se servía a las cuatro de la tarde. A partir de entonces, no rechazaba nada de lo que me ofrecían. No arreglé mucho, pues lo único que podía tomar después de las cuatro de la tarde era un té, que degustábamos en el jardín sobre las siete. El agua caliente hacía que, durante un rato, mi estómago dejase de protestar.

Por el afán de ahorro de mi anfitriona, mi cena, que no la de su gorda hija, consistía en una loncha de tomate. Jamás me pusieron el tomate entero, lo cuál hubiera sido todo un detalle por el precio que pagaban mis padres por mi estancia.

Acatando mi estúpida obediencia y a pesar del hambre tan espantosa que pasaba, no compraba ni comía nada entre horas. Podría decirse que me mantenía de lo que me daban en el desayuno, que llevaba a cabo después de luchar para lavarme la cabeza, debido a los cortes de agua provocados por mi tacaña madre inglesa.

Con todas aquellas restricciones que observaba en aquel entorno hostil, cada día me convencía más de lo triste que hubiera sido ser inglesa. Nacer en un país en el que comes un trocito de tomate a plena luz del día, bebes agua caliente para no morir de inanición sobre las siete y no disponen de agua en las duchas para sacarte el champú de la melena, como en los países civilizados. Comprendía entonces todos los vicios británicos para luchar contra todas aquellas calamitosas circunstancias, no durante un mes, sino durante toda la vida.

Cuando pensaba que mis padres estarían con amigos en alguna playa, regresando a casa después de pasar el día jugando con el mar y que cenarían, como la gente normal, más tarde de las nueve, mi estómago me gritaba con más ímpetu que volviese a España.

Extraño que de esos viajes surgiese mi adoración, no sólo por la Lengua Inglesa, sino también por los idiomas. Durante esa difícil estancia el sonido del idioma, que pasaba horas escuchando, me embaucaba. Hasta llegué a disfrutar de las tertulias de barrio con los vecinos en el jardín de la casa.

Odiaba profundamente que la novela, “Los Gozos y Las Sombras”, que me había llevado en la maleta, mermara cada vez más. El pánico me asaltaba cuando veía disminuir las páginas ante mis ojos. No quería que aquellas palabras, que me libraban algo de mi profunda morriña durante un rato, me abandonasen antes de que mi estancia terminase.

Esos días con mi tacaña familia, entre lágrimas a veces, procuraba adaptarme a ese entorno ajeno y absurdo, en el que la gente sacaba la aspiradora al asfalto para limpiarlo, o en el que envidiaban a los vecinos bronceados en rosa, tras sus vacaciones en España.

Y así, trascurrían los días en los que me sentaba frente a ese gigantesco plato con aquella solitaria raja de tomate esperándome. Con aquel régimen llegué a perder unos cinco kilos en tan solo un mes y mis redondeces de niña, comenzaron a convertirse en unos cuántos huesos mientras rememoraba tapas variadas.

Mi regreso a España fue una de las sensaciones más intensas que recuerdo. Nunca me había hecho tan feliz ver a mis padres. Claro que, hasta entonces, nunca los había perdido de vista durante tanto tiempo.

A esas alturas, mi estómago se hallaba tan encogido como un guisante y poco más que eso pude tragar el día que regresé.

Eso sí, debía seguir entrenándome en el arte de “no necesitar a la familia como una hija única” y al verano siguiente, me embarcaron de nuevo en aquel avión en el que volví a sufrir aquel dolor de cabeza que no había tenido en todo un año.

Durante ese segundo verano, volví a derramar lágrimas e insultarme por ser tan obediente como para haber caído otra vez en la misma trampa.

Seguí convencida de lo triste que era ser ciudadano inglés y haber nacido en un país en el que las cenas consistían en una triste y exigua raja de tomate que se tomaba con tenedor y cuchillo por cuestiones de protocolo o para hacerte la ilusión de que te estabas zampando un pollo. En mi país, a esas horas de la tarde, el tiempo daba para mucho más que eso. Por esa misma razón, ni me molestaba en explicar a toda aquella gente lo equivocados que estaban todos los habitantes de esa Isla. No quería que nadie se enterase para que no hubiese una estampida hacia España. No habría para todos.

Lo que sí hice mi segundo verano en Plymouth fue llevar más novelas. Y no rechacé el trozo de pastel de bienvenida, ya que sabía que esto era una excepción.

Lo que no entendía por aquel entonces, era por qué en esa casa estaban todos tan gordos. Años más tarde, supe que sus cenas y lo que había entre las mismas, eran mucho más abundantes. También entiendo por qué mi hermana inglesa se ponía tan furiosa conmigo cuando nos poníamos el bañador.

Y es que no se puede ser tacaño, pero es peor ser tan obediente como yo.

Rainy Mood

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Speak and I will answer.

Your silence is too noisy.

 

Don´t let me down again.

And let me read your pain.

 

Your silence is the end.

I will not ask again.

 

I long for the sound of your voice.

Cause I´m obsessed by its noise.

 

The past is too crowded.

And the present is haunted.

 

Fear the rainy days without me.

And the shadows of our tree.

 

Break your ice

And let me in.

 

Or I´ll let you go forever.

And you know I won´t be back.

 

Dare to be yourself again

And I´ll be your lover till the end.

Superman y yo

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supermanUno de los momentos más felices de mi infancia fue el día que fui a ver la reposición de Superman con mi tía Elena.

Me encontraba casi en la pre-adolescencia cuando a mi tía, que adoraba a los niños, se le ocurrió llevarme a una película que ella había disfrutado hasta la última escena.

Mi tía Elena era infantilmente feliz, una persona animada, a la que le gustaba comprar cosas y, sobre todo, regalar. Tenía un espíritu joven y generoso y esto hacía que disfrutase de todo.

Era capaz de convencer a todo el mundo para embarcarse en un viaje en coche en una tarde aburrida. En mitad de una conversación nos decía que conocía un sitio muy chulo que nos quería enseñar. El viaje siempre se convertía en una aventura, lograba que nos perdiésemos en algún lugar desconocido. De eso se trataba.

Solíamos llegar a un bosque en medio de la nada o a un pueblecito perdido que no figuraba en los mapas. Entonces nos veíamos obligados a dormir en algún lugar del camino.

Y ella sonreía, mientras su marido refunfuñaba. Y a mí, secretamente, me encantaba.

Por desgracia, por aquel entonces, mi timidez era casi enfermiza. Mi pudor impedía que expresase mis sentimientos en voz alta. Odiaba que alguien supiese qué me gustaba o qué no.

Y Superman, como a casi todos los adolescentes, me gustó y mucho.

Como era de esperar, y a pesar de ser la segunda vez que veía la película, ella salió pletórica. Con su entusiasmo habitual intentaba arrancarme algún “sí, me ha gustado” que yo soltaba a duras penas y con cara pétrea. Con razón, se desesperaba.

Lo que ella no sospechaba en aquella época es que cuando salí de ese cine mi vida había cambiado para siempre.

Estaba totalmente enamorada de Superman.

Tanto es así que, durante meses, no podía pensar en otra cosa. Miraba al cielo esperando que apareciese en cualquier momento. Me fijaba en todos los hombres que eran tímidos y llevaban gafas, esperando ver el traje de mi Superhéroe debajo de su camisa.

Ya a mi corta edad, el hecho de haber visto esa película me llevaba a pensar que, cuando él apareciese, sólo se fijaría en mí, como si me hubiese hecho un guiño en alguna de las escenas y ya tuviésemos un acuerdo tácito para nuestro posterior compromiso.

Pensaba para mis adentros que jamás consentiría estar con un hombre que no volase.

Es más, recuerdo haberme prometido a mí misma que hasta que no encontrase un hombre que volase, no querría a nadie.

Debo confesar que, hasta ahora, no he encontrado a ninguno que vuele.Sí he salido con alguno que caminaba, pero la mayoría de los hombres con los que he salido, reptaban.

Incluso algunos no se limitaban a reptar, sino que se arrastraban de tal modo que desaparecían bajo tierra. Y yo, como es lógico, dejaba de verlos.

Hoy en día, me conformaría con uno que caminase.

 

 

Mi blog cumple un año

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Hoy se celebra el solsticio del verano, la noche más corta del año en la que se saluda al verano con fuego y se alejan los malos espíritus.

Es la fiesta de San Juan y por estas fechas se cumple también un año desde que comencé a escribir esta bitácora.

Mi blog y yo solemos pasar muy buenos ratos juntos, aunque no pasamos todo el tiempo que deberíamos por todas las obligaciones diarias que nos separan.

Vosotros, todos los que me leéis y hacéis comentarios en mi blog, formáis parte de él, por eso me gusta tanto veros por aquí y también visitaros.

Una vez dicho esto, debo confesar que, aunque hace tiempo en una entrada hablaba de escribir siendo fiel a mí misma, en algún momento no he mantenido este principio.

Es difícil huir de la vanidad y debo decir que he escrito algunas entradas porque sabía que iban a ser populares, y no porque fuesen lo que yo quería escribir.

Sin embargo, hace poco, una persona de vasta experiencia en el arte de escribir me recordó lo que yo me había propuesto hace tiempo: Escribir para mí misma.

Es bueno recibir este tipo de críticas cuya sinceridad tiene como único fin ayudarte, darte un pequeño toque de atención para que no te pierdas en el camino.

Esta misma persona me decía que la única manera de convertirse en escritor, en alguien que intenta serlo, o simplemente en alguien al que le gusta escribir, es desarrollar tu propio estilo y no pensar en lo que demanden tus lectores.

Ser fiel a ti mismo durante el trayecto y no traicionarte no es sólo difícil en cuanto a la escritura, sino en todos los ámbitos de la vida. Pues, bien sea por vanidad, bien por otro tipo de tentaciones, cedemos a lo que los demás quieren de nosotros.

Cada vez que cedes en tus creencias o convicciones, por poco que lo hagas o cuando tuerces tu camino, empiezas a perderte a ti mismo y si sigues cultivando esta trayectoria, finalmente dejas de ser tú para no saber ya quién eres.

Por este motivo intentaré luchar y no escribir en función de las visitas o los “me gustas”.

A mi juicio, y aunque a todos nos gusta ser leídos y recibir buenas críticas, un verdadero escritor escribe por escribir, como una finalidad en sí misma.

Y por último, me gustaría agradecer a todos vosotros vuestros mensajes, vuestras visitas, así como vuestras invitaciones a colaborar en otros blogs.

Espero que sigamos creciendo todos juntos. Quizá en algún momento de nuestras vidas, mientras no tengamos que firmar autógrafos por la calle :), tengamos la oportunidad de conocernos en persona.

Gracias a todos por hacerme feliz,

Una Meiga.

Atrapada en Massimo Dutti

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Las informaciones que recibimos a través de los sentidos, se alojan en nuestro cerebro y graban en nuestras mentes situaciones agradables o no tanto.

Muchos de nosotros hemos evocado recuerdos al escuchar de nuevo una vieja canción que nos ha transportado a un momento del pasado.

Todos sabemos que tener un enfermo en casa es estar consciente, o inconscientemente, siempre en estado de alerta.

Evitar el estrés es recomendable, pero no siempre posible.

El comienzo de una situación de estas características parece en un principio pasajera, pero cuando se prolonga, produce un estado de agotamiento difícil de describir para quien no lo haya pasado.

El estado de alerta del principio hace que durante los  primeros meses te alarme cada sonido, cada chasquido y que, dejar al enfermo unos segundos te parezca un riesgo demasiado alto.

Al ver que la situación se estabiliza y se prolonga, aunque no bajes la guardia, decides facilitar en lo posible lo cotidiano.

Y así fue como, con el fin de evitar lanzarnos a recorrer el largo pasillo acompañadas de una agradable taquicardia y consiguiente susto, a mi madre y a mí se nos ocurrió hacernos con un aparato inalámbrico de llamada que tiene un receptor y un emisor.

En principio nos pareció muy cómodo, pues su señal atraviesa paredes, puertas o cualquier obstáculo físico, lo que no sabíamos es que nos iba a atravesar el cerebro y tampoco, que iba a ser de por vida.

El aparato en cuestión disponía de tres melodías y escogimos la más discreta. Un sencillo “Ding, Dong”, que sonaba cuatro veces y en un tono muy alto.

Cuando lo hicimos, desconocíamos que esa melodía iba a cambiar nuestras vidas.

El timbre que se utilizaba para llamar en caso de urgencia, pasó a tener otras funciones.

Pasados unos meses, el enfermo lo utilizaba alegremente para llamar a “sus mayordomos”, que seguíamos recorriendo el enorme pasillo a trote y con taquicardia.

Como digo, el sonido significaba urgencia, un desmayo o una bajada de algo o una subida de lo otro, pero poco después, la cosa se desvió hacia fines más banales, tales como averiguar qué había esa noche de cena, o preguntar si sabíamos el horario de algún partido de fútbol.

Fuera lo que fuera lo que ocurría dentro del salón, ese sonido para nosotras seguía significando alarma. El mal estaba hecho.

La alarma, que nos iba a servir de ayuda, se convirtió en un castigo, en una obsesión. Ese sonido penetrante, impertinente, que interrumpía todo para disparar el pánico y que llegamos a odiar.

Durante tres días a la semana, mi madre y yo tenemos unas tres horas libres para estar juntas y solas. No sin sentido de culpa, las exprimimos para reponer fuerzas, tomarnos un café en una terraza, hacer recados, arreglar papeles o visitar médicos.

Un día, sabiendo que necesitábamos un descanso de todo aquello, se me ocurrió regalarnos algo agradable y que no significase esfuerzo.

Y en las pocas horas libres de aquel día nos decidimos a introducir algo de frivolidad en nuestras vidas. Nos fuimos de compras. Estaba segura de que aquello nos haría desconectar.

Algo agobiadas por el calor entramos en la tienda más cercana a nuestra casa y con el aire acondicionado más frío: Massimo Dutti.

Cruzamos el umbral de la tienda y nada más entrar…

¡DING, DONG, DING DONG!

¡El mismo sonido! ¡No podía ser! Aquella tienda tenía el sonido del timbre que nos atormentaba a todas horas.

Ese sonido alto, impetuoso, alarmante con su efecto devastador.

Nos quedamos paralizadas en la puerta y por eso mismo, no sonó cuatro veces, sino ocho.

No hubo más remedio que entrar. Y lo hicimos, pero porque nos quedamos en blanco. Lo sensato hubiese sido salir de allí corriendo.

Ya en mitad de la tienda nos mirábamos aterradas pensando en la salida.

¿Por qué habíamos entrado en la única tienda de Inditex que tenía el mismo sonido que oíamos a las tres de la mañana o a las cinco de la tarde, día y noche y del que sólo pretendíamos descansar unas horas?

Dimos unos tímidos pasitos e hicimos como que nos fijábamos en unos pantalones, pero en realidad nuestras neuronas estaban disparadas como si preparásemos la fuga de Alcatraz.

Nos miramos incrédulas, derrotadas.

No había esperanza, aquel sonido nos perseguiría para siempre. Sabíamos que las tiendas de Massimo Dutti estarían vetadas para nosotras de por vida.

¿Y cómo íbamos a salir de allí? Aquello era ridículo y dramático.

Paseábamos nuestros rostros teñidos de tristeza, la tristeza del que se siente atrapado en una situación de la que no sabe salir sin pasar por lo que no quiere.

Deambulábamos sin rumbo por la tienda como si nos hubiesen enjaulado, con la sensación de tener una alarma colgada del cuello que saltaría al cruzar la salida.

Atrapadas en Massimo Dutti. Qué triste.

Mi madre me miraba cabizbaja, incrédula, con mirada entre enfadada y deprimida. Tenía los brazos caídos a lo largo del cuerpo y apenas podía sostener el bolso ante aquel estrepitoso fracaso.

El acuerdo fue unánime. No había otra solución. Ambas miramos a la puerta y un sudor frío recorrió nuestro cuerpo mientras enfilábamos con paso firme la salida.

¡Ding, Dong, Ding, Dong!

“Hasta luego, que pasen una buena tarde. Vuelvan cuando quieran”, llegamos a oír tras nosotras. Ambas nos volvimos y le lanzamos una mirada asesina.

Esa noche, ya en casa, casi no recordábamos el incidente. El cerebro suele defenderse bien cuando quiere olvidar y conseguimos relajarnos.

Cocinábamos tranquilas mezclando risas con pimienta, cuando de pronto, todo regresó.

Cuando sonaba el cuarto “Dong”, yo ya me encontraba en el salón con el corazón a cien y dispuesta a todo.

“¿Qué te pasa? ¿Estás bien?” grité.

Entonces, con mirada entre risueña y relajada, él me preguntó: ¿Sabes qué hay de cena esta noche?

 

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